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Actividades » Viajando

Ciudades y rincones de Europa, San Petersburgo

El Dr. Roberto Tozzini, nos relata su viaje por esta ancestral ciudad rusa.

En 1996, en ocasión de un Congreso en Maastrich, pequeña ciudad Holandesa que no conocía, resolvimos incursionar en el gran y fascinante Imperio Ruso que para nuestra felicidad, se había abierto al turismo libre e internacional, luego de la desintegración de la dura dictadura bolchevique.

Llegados al gran aeropuerto alemán de Franfurt, devolvimos el auto, y nos embarcamos hacia un destino que desde mis inicios viajeros estuvo en mis proyectos europeos, atraído por la historia de la capital de los zares, de su increíble palacio – museo del Hermitage que siempre quise visitar, y de la historia heroica de la ciudad asediada por más de 2 años por el ejército de Alemania nazi, de donde surgió la población, exhausta, famélica, destruida pero victoriosa. La batalla de Stalingrado, como en su momento se denominó fue una experiencia terrible que torció definitivamente el curso de la guerra, pues el invencible ejército de la Wehrmacht, sitió a la capital zarista desde agosto de 1942 hasta el invierno de 1943, enfrentándose a una población resuelta a no claudicar y al ejército rojo que fue creciendo en su tierra, pese a la buena preparación y poder de fuego de las tropas nazis. En febrero del 43, el general invierno con sus heladas insoportables ayudó y los alemanes se rindieron, con un saldo total de bajas de unos 2.000.000 de seres humanos, de los cuales la tercera parte fue la sufrida población civil.  . Esta mítica ciudad, cuna de genios de la cultura universal (Dostoievski, entre ellos uno de mis autores predilectos) de diferentes nombres según las circunstancias políticas, San Petersburgo primero, Petrogrado después, Stalingrado y Volovogrado luego y ahora nuevamente San Petersburgo, volvía a incorporarse en ese 1996 a los países libres, permitiendo un turismo sin controles o represiones. Por ello, con enormes expectativas, subimos a un avión de la línea alemana Lufthansa, esperando que los habitantes hubiesen olvidado o al menos perdonado a la nación que ocasionó el sangriento sitio de la última guerra y nos permitieran aterrizar sin agresiones. Por fortuna, así fue, y tras pocas horas de vuelo, con toda libertad caminábamos por el aeropuerto ruso. Rara sensación de incredulidad por mi parte, pues me parecía imposible que ese gran imperio enemigo de las democracias occidente se hubiese transformado de repente y fuera ahora un preciado destino turístico, dentro del maravilloso mapa europeo

La ciudad que visitábamos, era de origen reciente para el patrón del viejo continente, ya que Pedro I la fundó en mayo de 1702, respondiendo a necesidades militares y comerciales. Asentada en el pantanoso delta del río Neva en su desembocadura sobre el golfo de Finlandia, su presencia se dirigía a contrarrestar el predominio de Suecia en la región y a tener una vía marítima adecuada para la comercialización de sus productos al mundo. En los dos siglos siguientes, la ciudad se desarrolló explosivamente, constituyéndose en la gran capital de la realeza del norte. Parcialmente destruida y martirizada durante la segunda guerra mundial, como se dijo, la victoria aún al terrible costo de tantas vidas, permitió a la Stalingrado de entonces recuperarse y hoy vuelve a ser una magnífica realidad, con más de 4 millones de habitantes. Como era inevitable, todavía conservaba profundas cicatrices de sus tormentos pasados pero también persistían los rasgos imperiales que la hacen única en toda Rusia. 

De llegada se notó el cambio. Las instalaciones del aeropuerto carecían del mantenimiento impecable de los alemanes, los baños eran olorosos y sucios con un aspecto general de deterioro que dominaba a la gran estación. A la salida, subimos a un desvencijado taxi copiado de los FIAT 1500 de los años 70 y comenzamos a introducirnos en la ciudad en dirección del hotel reservado. Bloques de viviendas pesados, grises y uniformes se alineaban en grandes avenidas de la periferia de San Petersburgo. Alguna estatua de Lenin contrastaba absurdamente con anuncios cercanos de Coca–Cola. Poco a poco las elevadas agujas de los edificios históricos de la ciudad, fueron emergiendo en el horizonte y casonas y palacios con elegantes aunque deterioradas fachadas se presentaron a la vera de calles amplias, avenidas, plazas y canales. Precisamente, por la abundancia de vías de agua, algunos denominan a San Petersburgo, la Venecia del norte. 
Finalmente dimos con el hotel, un imponente edificio de varios pisos y de muy confortable apariencia. El Nevskij Palace disponía de cómodas habitaciones y un excelente restaurante en su piso superior, por lo que después de cenar en un romántico ambiente, resolvimos retirarnos a descansar, conocedores de la intensa actividad que desarrollaríamos a partir de la mañana siguiente. Una sorpresa invadió la noche: el cristal de la ventana daba paso a la luz exterior que mantenía un cielo claro y luminoso a pesar de lo avanzado de la hora. Dormimos igual por la fatiga, pero en algunos despertares comprobé que la claridad permanecía y súbitamente recordé la expresión de “las noches blancas de San Petersburgo”, comprendiendo que no se refería a nieve, sino simplemente al “sol de medianoche” a causa del verano en una latitud tan septentrional. 

Temprano salimos a nuestra aventura rusa. Munidos de mapas y guías informativas pero siempre por cuenta nuestra, tomamos un taxi y partimos rumbo a nuestro primer objetivo: el Hermitage. El arribo al palacio de Invierno de los zares, hoy el museo más extenso del mundo nos causó una profunda impresión estética. Este enorme Palacio, se levanta a la vera del río Neva, cerrando hacia atrás una de las plazas más espectaculares que conozco. Mientras que por delante, su extenso frente de más de 200 metros, da al río.. Su presencia es magnífica y en ese entonces se terminaban importantes trabajos de restauración, que lo hacían lucir como recién inaugurado. El palacio fue terminado en 1762, obra de los arquitectos italianos Rastrelli padre e hijo, realizándose posteriormente, solo reformas o agregados menores. Su estilo es básicamente barroco, con profusión de columnas, capiteles, mármoles, estuco y piedras duras. Su atractivo exterior ostenta un alegre color verde hoja que contrasta con las blancas columnas simples o dobles que adornan las ventanas y aberturas en sus tres plantas, rematadas en capiteles dorados con motivos de bronce. En el amplio techo, se destacan 176 estatuas de bronce de tamaño natural, que parecen una multitud humana que se asoma a recibirnos. El palacio de invierno constituye actualmente, junto a otros tres edificios contiguos, el conjunto del Hermitage, enorme superficie que atesora el Museo de igual nombre. Solo el palacio tiene, según consta en los catálogos, 1050 habitaciones y por dos siglos fue la sede de toda la corte. Contiguo a él, está el pequeño Hermitage, primer museo de Catalina la Grande, que lo dotó de 225 pinturas compradas al anticuario Gotzkovsky….. luego el antiguo Hermitage de aspecto clásico; el teatro del Hermitage y construido posteriormente, el nuevo palacio, cuyo grandioso portal de ingreso está sostenido por 12 atlantes de granito
Ya mencionamos que el contrafrente del Palacio de similar apariencia, encierra hacia el este, una enorme e imponente plaza, constituida desde su inauguración en el centro simbólico del imperio. Precisamente, la revolución de octubre de 1917 que terminó con la casa Romanov y el gobierno de los zares, instalando el comunismo, comenzó en esta plaza histórica. En toda su colosal extensión, la plaza está rodeada por edificios extraordinarios. Podemos comenzar la observación a partir del Arco de triunfo, opuesto al palacio y coronado por el carro de la victoria con seis caballos, que conmemora la derrota de Napoleón por el ejército ruso en 1812. Desde el arco se extienden en un semicírculo envolvente dos alas de edificios con un frente de 580 metros que ocupan el Estado Mayor y el Ministerio del Exterior. La Guardia del Estado Mayor se sitúa entre el Palacio de Invierno y el Estado Mayor, completando el encierro de tres de los costados de la plaza. Toda la edificación conserva igual altura de subsuelo y tres plantas con similar estilo constituyendo una realización arquitectónica de características únicas. En el centro de este enorme espacio se levanta la columna de Alejandro I, en honor del príncipe asesinado, con una altura de 50 metros de puro granito rosa, coronado por un ángel dorado que representa al Zar. El monolito asienta sobre un zócalo de granito gris, adornado con bellos bajo relieves. Este extraordinario conjunto palaciego, se completa a la derecha (si lo miramos desde el Neva), con jardines y el gran edificio del Almirantazgo, desde donde surge el principal trazado de avenidas en la margen occidental del río (como una suerte de arco de triunfo parisino). Tal palacio, proyectado por el mismo Pedro I a principios del siglo XVIII, se completó posteriormente con el agregado de la torre del reloj, coronado por una impresionante aguja dorada visible desde casi cualquier punto de la ciudad ya que supera los 150 metros de altura. Reconstruido después de un incendio, en 1823, el arquitecto mantuvo la aguda terminación pero asentó la torre sobre un enorme arco cuádruple de estilo jónico, revestido por estatuas en su parte superior. En la parte más alta de la aguja se encuentra una veleta en forma de carabela rusa que se considera un símbolo de la ciudad. Hacia el río, este enorme edificio, tiene una fachada de 400 metros de extensión, adornada con columnas y numerosas esculturas y en la cara que da al parque o jardín de Gorkij se observa un bello conjunto escultórico con las nereidas que controlan el globo terrestre. En este jardín abundan estatuas de poetas, músicos y científicos rusos y bellas fuentes. Otro espacio verde contiguo, es la plaza de los decembristas, llamado así en recuerdo de la frustrada rebelión de un grupo de oficiales de la alta nobleza que en diciembre de 1825 intentaron derribar el poder absoluto del Zar. Derrotados, fueron ejecutados en su mayoría o deportados a Siberia. En el centro de esta plaza se encuentra la imponente estatua ecuestre de Pedro el Grande, encargada por Catalina II y que constituye una obra maestra en su género. Más atrás, estos jardines se cierran por dos palacios gemelos, los antiguos edificios del Senado y del Sínodo.
Toda esta extensa zona del casco antiguo ocupado por fastuosos palacios y regios jardines, se completa con la plaza de San Isaac, que recibe su nombre de la grandiosa catedral que fuera dedicada al legendario monje dálmata, San Isaac. Esta es la iglesia mayor y más suntuosa de San Petersburgo, comenzada a construir por Pedro el Grande y completada luego de tres reconstrucciones por el Zar Alejandro III en 1858. Su estructura se desarrolla en forma de cruz griega, con un centenar de metros de largo y ancho. Tiene cuatro frentes con ingresos similares, de severo estilo clásico con reminiscencia al Panteón de Roma y de la basílica londinense de San Pablo. Para dar cimientos seguros al edificio, se clavaron miles de troncos de árboles en el suelo pantanoso y un verdadero ejército de operarios trabajó duramente en su construcción, entre 1818 y 1858. Los cuatro portales monumentales sostienen frontones triangulares con delicados bajorrelieves. En los frentes del oeste (ingreso principal) y del este, se cuentan 8 columnas de una sola pieza de granito rojo de Finlandia de 17 metros de altura; las columnas corintias de los pórticos del norte y sur (ingresos laterales) son 16, dispuestas en tres líneas. Con fines decorativos, la Catedral cuenta con 112 columnas monolíticas en total, de diferentes tamaños y formas. Las majestuosas entradas norte y sur, están flanqueadas por sendas torres de diseño clásico, que actúan de campanarios, con pequeñas cúpulas doradas. En el centro o crucero, se eleva la enorme cúpula principal de cobre, quizás la parte más destacada de la basílica, a 100 metros sobre el suelo, con su superficie exterior revestida por una fina lámina de oro que le da su brillo inigualable.. El espacioso interior, con capacidad para 14000 personas abunda en lujosos detalles en oro, mármol, malaquita, lazurita y bronce. Los adornos que la embellecen han insumido la increíble e inaceptable cantidad de 400 kilogramos de oro y 1000 toneladas de bronce El advenimiento del comunismo, transformó el templo en la sede de un museo histórico que afortunadamente respetó su valor artístico, evitando la destrucción observada en otras iglesias, donde se construyeron natatorios cubiertos u otras instalaciones de uso popular.
La catedral posee una rica colección de murales, pinturas al óleo y 52 mosaicos únicos en su tipo en toda Rusia. Shebuyev y Basin, se cuentan entre los artistas más encumbrados que embellecieron sus paredes. El mural más grande de la basílica fue ejecutado por Briullov y representa a la Virgen en majestad con un superficie de ¡800 metros cuadrados! El techo tiene magníficas pinturas de los artistas Bruni y Briullov.

El altar mayor, que es una pieza extraordinaria, combina con equilibrio exquisito una sucesión de columnas, mosaicos, pinturas y esculturas. La parte superior de mármol blanco, está adornado con columnas de malaquita verde con dos centrales de lazurita azul que producen un fuerte contraste por los vivos colores Pero una de las expresiones del arte sacro que más me emocionó, fue un enorme vitriaux de unos 30 metros cuadrados, con la bellísima figura de Cristo resucitado envuelto en una túnica roja con ribetes dorados.

Como curiosidad, menciono que aún cuelga de la cúpula central, un péndulo de Foucault, cuyos movimientos le sirvieron al astrónomo soviético, Nicolás Kamenshchikov, para confirmar la rotación de la tierra sobre su eje, como lo postulara Copérnico. 

Frente a la Catedral se encuentra una plazoleta con la estatua ecuestre del zar Nicolás I. La base es de mármol rojo, con estatuas alegóricas de la Fe, Justicia, Sabiduría y Poder, que tienen los rostros de la zarina y de tres grandes duquesas. Sobre ellas, se levanta la figura en bronce del zar en su cabalgadura, mirando hacia la basílica.

También junto a la catedral, en el número 12 de la avenida del almirantazgo, se puede observar el bonito palacio Lobanov- Rostovski de estilo neoclásico con una arcada central adornada con dos leones tallados en piedra y una portada corintia. A un costado, se inicia la calle Gogol, habitada en el siglo XIX por importantes poetas y músicos de Rusia. En el número 23, está la casa del gran escritor ruso Dostoievski (Hermanos Karamasov; Crimen y castigo; el Jugador y tantas otras) donde vivió hasta su detención en 1849. Esto completa el área imperial o núcleo central de la capital de los Zares.

Entremos ahora al emocionante Museo del Hermitage. Digamos francamente que una descripción aproximada de los objetos expuestos es imposible por su magnitud así como que un recorrido minucioso de sus 400 salas insumiría no menos de una semana de visita diaria. Este museo se inició, como ya lo dijimos, como una colección de cuadros por Catalina II con la compra de 225 lienzos. A su muerte, la colección contaba ya con casi 4000 pinturas. Hoy día las cifras fríamente estadísticas que se leen en los catálogos son abrumadoras: el recorrido total del museo insume 24 km; las esculturas expuestas son 12000; los cuadros, 15000; hay 600000 piezas arqueológicas; 1000000 de monedas y medallas e infinitos objetos de arte de naturaleza diversa. Pero la atracción del Hermitage no sólo es su contenido inagotable; el continente se muestra con una ornamentación y riqueza abrumadora. Los más finos materiales se han empleado en la terminación de los ambientes; mármoles de colores exóticos recubren las paredes; cada habitación, con colorido propio, tiene su decoración distintiva, arañas magníficas, mobiliario exclusivo, elaboradas molduras de bronce.

En la planta baja que apenas recorrimos, se exponen distintos objetos representativos de las culturas primitivas de la antigua URSS; las primeras salas están dedicadas al Paleolítico y mesolítico; algunos utensilios de uso humano han sido datados con una antigüedad de 30.0000 a 10.0000 años. Luego se muestra trabajos del neolítico, de la edad de bronce y de hierro, con elegante uso en estos metales. De esta exposición quizás lo más excitante, corresponde al tesoro de los escitas, mostrándose los célebres “kurgan” escitas que son tumbas donde sus jefes y nobles eran enterrados con adornos y sus objetos de valor. La sala 34 corresponde al Asia central con civilizaciones que van del IV milenio antes de Cristo al siglo 4 d. C. Se destaca un bello friso traído de Uzbekistán que pertenece a la cultura budista y que muestra con rara perfección unos bustos humanos. Más reciente son unos hermosos frescos de cazadores montados en elefantes, que lucha con tigres y grifos; provienen del lejano reino de Bujara. Luego se llega a la cultura árabe con finos objetos de cerámica bronce y plata y a los tártaros de Gengiskan, con su antigua capital de la Horda de Oro. En otras salas se exponen legados de las viejas regiones de Timur y Samarcanda. 

El museo continúa con exhibiciones del arte caucásico, oriente próximo y medio y el antiguo Egipto. Cuatro salas están dedicadas a la cultura babilónica y asiria y finalmente se llega a la antigüedad clásica de etruscos, griegos y romanos. Aquí se destaca una colosal estatua de Júpiter y un sarcófago grabado con la historia de Fedra e Hipólito. Con un permiso especial, que no obtuvimos, se accede al “tesoro del Hermitage” donde se muestra según el catálogo, tesoros de los Escitas y los Sármatas, como ser bellas figuras en oro y piedras preciosas así como joyas rusas y europeas.

Según nuestras preferencias, utilizamos la mayor parte del tiempo en recorrer el primer piso, que cuenta con una de las mejores pinacotecas del mundo. Se ingresa por la espectacular sala del “Pabellón”, sostenida por columnas corintias de mármol y adornadas con cuatro fuentes. Enormes lámparas iluminan el salón, en cuyo centro se encuentra un mosaico romano de las Termas de Tito y en una vitrina el famoso reloj del Pavo Real, obra maestra del orfebre James Cox, adquirido originariamente por el príncipe Potemkin y que, cuando da las horas, el pavo extiende sus alas y la hermosa cola, una lechuza sacude su cabeza y parpadea y un gallo produce su grito gutural característico. 

Luego de ingresar a los Salones, se sucede una impresionante colección de pintura italiana que abarca los siglos XIII al XV. Podemos destacar obras de Fra Angélico, Perugino, Botticelli y Filippo Lippi. En la sala 214 se exponen dos obras maestras: la Virgen de la Flor y Maddona Litta de Leonardo da Vinci, que se cuentan entre las pinturas más importantes de este genio del Renacimiento. En un largo corredor admiramos “las logias de Rafael” que reproduce exactamente los frescos de este artista en el Vaticano, salas completas dedicadas a Tiziano, Tintoretto y Veronese y en la 229, se custodia dos obras representativas del dulce y perfecto Rafael “la Madonna del Condestable” y “la Sagrada Familia”. Guido Renni, Tiépolo y Caravaggio entre muchos otros, cierran esta extraordinaria colección de pinturas italianas, sólo superada por las mejores pinacotecas de la propia Italia. Entre los cuadros también se exhiben estatuas de Miguel Angel, Juan Lorenzo Bernini, bronces venecianos y tapices y muebles del renacimiento italiano.

La pintura española brilla con los siglos XVI y XVII. Pantoja de la Cruz, el Greco (los santos Pedro y Pablo), Velásquez (retrato del conde de Olivares), Murillo, Ribera, Zurbarán y Goya, entre la pléyade de artistas.

La pintura Flamenca está magníficamente representada, comprendiendo a los siglos XV al XVII. Cuadros de Brueghel, Roger van der Weyden, Lucas van Leiden y Jordaens; salas enteras de Van Dyck y de Rubens y de otros maestros de la pintura Holandesa.

La colección de Rembrandt es exquisita con lienzos extraordinarios sólo comparables a la exhibición del museo Metropolitano de New York y la del de Ámsterdam.

La pintura Francesa ocupa 7 salas con obras de Nicolás Pousin (una sala completa), de Claude Lorrain, Le Nain, Antonio Watteau y muchos artistas importantes, aunque menos conocidos por nosotros. Hermosos tapices de Bruselas, esculturas de Houdon y platería francesa complementan el fuerte impacto estético de estos salones.

La pintura Alemana incluye los siglos XV al XVIII y la Inglesa del XVII al XIX. Una sala está dedicada al fino pintor Tomás Gainsborough. Luego vienen los insuperables impresionistas: Gauguin, Van Gogh, Pisarro, Sisley, Degas, Courbet. H. Latour, Corot, Rousseau y salones completos con obras de Renoir, Cezanne, Monnet y Manet. ¡Increíble riqueza!! En el camino, mármoles y bronces de Rodin.

Esta Pinacoteca culmina con 30 telas de Picasso, de los períodos azul, rosa y cubista, dos salas de Matisse, que constituye la mayor colección  del mundo en este autor y pintores rusos como Chagall y europeos de la primera mitad del siglo XX.

Como se comprende ante la sola enumeración por demás incompleta, de la abrumadora presencia de los principales artistas plásticos del mundo occidental, este Museo sólo puede ser comparado con el Louvre por los tesoros que guarda.

En el segundo piso, que nunca alcanzamos a subir, víctimas de un extremo agotamiento, tras casi 12 horas de permanencia, se expone según leímos una de las principales colecciones del mundo en monedas y medallas. Su recorrida será para otra encarnación.

La fortaleza de Pedro y Pablo en la orilla opuesta a los palacios imperiales, constituye la zona más antigua de la ciudad. Pedro el grande levantó esta fortaleza en una isla pantanosa conocida hoy como “de las liebres” con el objetivo de dominar el tráfico fluvial y establecer un puerto seguro para la incipiente flota rusa. Se sitúa entre el Neva y uno de sus canales, constando además del fuerte, instalaciones militares, los primeros edificios públicos como la casa de la moneda, una prisión, catedral y un cuartel.
Cruzando un elegante puente sobre el río Neva, nos dirigimos a la vieja fortaleza.. El conjunto es muy austero, con seis murallas y bastiones de hasta 12 metros de alto y se adapta perfectamente a la forma un tanto hexagonal de la propia isla “de las liebres”. Construida en dura roca, cuando la fortaleza perdió su valor militar, se transformó en una obscura y temida mazmorra. Allí fueron a parar fundamentalmente los presos políticos del régimen. Por esas celdas sórdidas, húmedas y terriblemente frías, donde nunca entraba el sol, desfilaron los Decembristas antes del ajusticiamiento y luego, Dostoievski, el hermano de Lenin y Gorki entre muchos otros. Es realmente sobrecogedor imaginar las condiciones de vida de esos pobres presos, alguno de los cuales lograron suicidarse como la única forma de evasión. Seguramente esta represión injustificada más las condiciones paupérrimas de subsistencia de la población general agravada por un lujo sin freno de la clase gobernante, produjeron la sublevación de la guarnición de esta fortaleza, acompañando a la revolución de octubre de 1917 y proveyendo las armas que sirvieron para armar a los obreros que invadieron al palacio de los Zares, el Hermitage.

Terminada la recorrida por los lóbregos ambientes carcelarios uno ansía regresar a la luz primaveral que brilla afuera. Recostados sobre la parte exterior de los muros de piedra y en una pequeña franja de tierra que se interpone con el río, muchos pobladores se exponían al sol casi sin ropas en una actitud de verdadera adoración. Es que después del invierno duro, la bendición del sol es insustituible.

Cruzando el parque Lenin aledaño a las mazmorras nos encontramos con la impresionante silueta de la catedral de los Santos Pedro y Pablo, obra maestra del arquitecto Trezzini y una de las iglesias del período barroco más bonitas de San Petersburgo. La iglesia se destaca por su esbelta torre que termina en una alargadísima aguja coronada por una esfera con un ángel que porta una cruz. La altura es de 122 metros de los cuales, 60 corresponden a la afilada aguja. El interior de esta iglesia está bellamente decorado con pinturas, figuras de estuco y profusión de ángeles y querubines. Pero el gran tesoro de la iglesia, son las regias tumbas. Allí yacen 32 integrantes de la casa Romanov en féretros de mármol blanco con incrustaciones de bronce. El ataúd de Alejandro II y su esposa se diferencian por estar hechos en jaspe verde de los Urales y cuarzo rosa respectivamente y la tumba de Alejandro III, muestra la corona de laurel y la espada donada por Francia. El sarcófago de Pedro el Grande está a la derecha del íconoclasto, adornado siempre por flores que renuevan constantemente los pobladores que lo veneran. 

Frente a la catedral, se encuentra la Ceca (casa de la moneda) que desde 1724 acuña monedas, manteniéndose aún en funcionamiento. En la plaza, podemos observar también, la llamada “casita de la barca” construida en el siglo XVIII para albergar la pequeña embarcación en la que Pedro el Grande aprendió a navegar. Hoy está expuesta en el museo Naval Central. Además en el parque Lenin, se puede visitar un zoológico y el planetario.

Terminado el recorrido por estos lugares de tanta significación histórica, regresamos al centro comercial, caminando por una de las tres principales avenidas que irradian desde el edificio del Almirantazgo. Me refiero a la calle Nevski, donde se encuentra nuestro hotel de igual nombre, a la avenida Majorova y en el medio de las dos, a la avenida Ulica Dzerzinskogo. En esta zona, se levantan los principales comercios, hoteles y negocios del centro de la ciudad. Nevski es la calle más típica de San Petersburgo y en un trayecto de 4,5 km enlaza el palacio del Almirantazgo con el monasterio de Alejandro Nevski. Presenta una sucesión de hermosos edificios aunque el tiempo ha dejado profundas huellas que el estado empobrecido no ha podido reparar. En ambos lados de la vía se alinean en block construcciones de cuatro a seis plantas, con fachadas ricamente trabajadas, molduras y bajorrelieves artísticos y vivos colores que contrastan entre sí, del verde al rosa o al lacre como es el caso del palacio de Stroganoff, también obra de Rastrelli, que presenta en su frente profusión de estatuas, carátides y columnas que le añaden un toque de particular aristocracia. Este último hace esquina con uno de los tantos canales que atraviesan la ciudad, el canal Mojka donde se aprecia una sucesión de elegantes viviendas de la antigua burguesía rusa bordeando el agua. Muchos de estos edificios permiten por medio de una arcada de ingreso, el acceso a un gran patio interior y central donde se comprueba, en general, un considerable abandono en el cuidado de lo que otrora seguramente fue el lugar donde entraban y estacionaban los carruajes. Las baldosas suelen estar rotas igual que muchas persianas y celosías que dan patio y las paredes se descascaran mostrando la piedra o el ladrillo con olores rancios que impregnan el aire. 
En este sector de la avenida, desde el Almirantazgo hasta el palacio de Stroganoff, son numerosas  las construcciones importantes o históricas que se suceden a medida que nos alejamos del Almirantazgo., Así recuerdo: el palacio de los Dux, de estilo veneciano y propiedad en su momento de una familia de banqueros, hoy es sede de Aeroflot. Las dos casas de enfrente, son las más antiguas de la ciudad y en una de ellas habitó hasta su muerte el músico y compositor Chaikovski en 1895. El edificio en el n° 15 con una bella fachada estilo imperio, se transformó en el siglo pasado en la casa de las Artes y luego en un cine. En la n° 18 está el café de los literatos, frecuentado en sus orígenes por Pushkin y que en la actualidad es una extensión del museo de igual nombre, celebrándose allí conciertos de cámara y reuniones de poesía….

Superado el primer canal (el ya mencionado Mojka), además del palacio de Stroganov del gran Rastrelli, donde actualmente funciona una sección del Museo Ruso, en el n° 28 se destaca la llamada “casa del libro” por su estilo diferente y por ser el primer edificio que osó superar en altura al palacio de invierno. Originariamente fue construida como sede de la fábrica de máquinas de coser Singer y luego de la revolución, expropiada para transformarse en la mayor librería de la ciudad. Enfrente se abre una plaza donde se levanta la famosa iglesia de nuestra Señora de Kazán precedida por una fuente neoclásica. Es ésta la segunda basílica por su tamaño y donde se celebraban los casamientos reales. La catedral fue construida con granito rosa de Finlandia en cruz alargada y a semejanza de la de San Pedro en Roma. Dos galerías de columnas, como brazos abiertos se extienden hacia la calle y circunscriben una plaza- La puerta de ingreso reproduce la “puerta del paraíso” del Batisterio en Florencia. Su interior con grandes columnas monolíticas, mármoles y capiteles de bronce produce un efecto más palaciego que de recogimiento. Bajo el dominio rojo se transformó en el Museo de Historia de las Religiones y el Ateísmo y al momento de nuestra visita esperaba por su nuevo destino. Luego de atravesar otra vía de agua, el canal Griboedov por el puentecito de la Banca, se divisa la Iglesia de la Resurrección y en el n°31-33 nos encontramos con La Duma municipal, bonito palacio de fines del siglo XVIII. Enfrentado a la Duma, se levanta la sede de la Filarmónica de Leningrado y un poco más adelante, está el Hotel Europa que por ese entonces y junto al Nevski eran los más confortables de la ciudad. 

Unas calles más abajo se observa un impresionante edificio con columnas jónicas en semicírculo es su frente, entre las que se ubican esculturas representativas de filósofos de la antigüedad; es la biblioteca pública del Estado y una de las mayores de toda Rusia, En la plaza de Ostrovskogo se admira el gran monumento a Catalina II, rodeada de estatuas y por detrás, está el teatro Pushkin y muy cerca una sucesión de teatros dedicados a la danza y a otras actividades artísticas.

Al otro lado de la plaza se encuentra el Palacio de los Pioneros de San Petersburgo que anteriormente fue habitado por la emperatriz María Fedorovna y en la vecindad, los teatros de La Comedia y el de Marionetas.

La avenida Nevsky cruza ahora el canal Fontaka que contiene bellos grupos escultóricos como los famosos “domadores de caballos” obra en bronce de Klodt. Un poco más adelante, está la plaza de la Insurrección donde el ejército, en 1917 se negó a disparar sobre manifestantes revolucionarios. Finalmente encontramos la estación del Metro realizada en 1955 con una gran cúpula y la Estación de Trenes, Moscú, que une San Petersburgo con la capital de Rusia.
Como escribiera, esta avenida concluye en el monasterio de Nevski, erigido precisamente en el sitio donde Pedro el Grande derrotó al ejército sueco. El nombre de Alejandro Nevski corresponde al hombre justo, canonizado por la iglesia ortodoxa como el santo protector de la tierra Rusa. El monasterio en sí está protegido por altas murallas, impresionando como una fortaleza. En su interior, que puede visitarse, se encuentran tres cementerios donde descansan grandes personajes de las ciencias, escritores, músicos y hombres de estado. Allí están sepultados, Dostoievski, Musorgski, Rimski-Korsakov, Borodin, Chaikovski, Stravinski y otras figuras conocidas del arte universal. Parte de la iglesia de la Anunciación ha sido transformada en el Museo de Cultura Urbana, y contiene las tumbas de generales e integrantes de la familia Imperial. Completando este complejo arquitectónico, nos encontramos con la principal iglesia del monasterio, de la Trinidad, erigida por orden de Catalina la Grande y verdadera obra maestra en su género. Enfrentando la catedral, se levanta un edificio barroco proyectado como celdas de los monjes y que se conoce como el palacio del Metropolita, transformado hoy en museo.
Fuera de la gran avenida, pero siempre en esta área del centro, sobre el canal Griboedov visitamos por fuera una iglesia que nos pareció estupenda, conocida como del “Salvador de la sangre derramada”, o ”Spas na krovi” construida por orden del Zar Alejandro III en memoria de su antecesor, Alejandro I, que perdiera la vida en 1881 por una bomba arrojada por un anarquista. La iglesia que contrasta fuertemente con el estilo neoclásico de las otras construcciones, se terminó a principios del 1900 e imita a sus pares moscovitas del siglo XVII, con un estilo ruso- rococó. Sus cinco cúpulas presentan el perfil característico de bulbo de cebolla con un revestimiento multicolor de la fachada donde se emplea generosamente el mármol, el granito y la cerámica. Dos de las cúpulas brillan en oro y cada una de las otras tres, muestran colores y diseños distintos. En el frente principal, dos columnas recargadas de adornos, encierran dos pisos con triple ventanas que culminan en su parte superior en un magnífico mosaico que representa a Jesús envuelto en luz, exponiendo el libro sagrado a los gobernantes rusos. El conjunto de la iglesia es por demás impresionante y la contemplamos extasiados aunque sin poder ingresar a su interior ya que como muchos templos en la Rusia comunista, había perdido su función y al momento de nuestra visita, el destino de sus imponentes espacios, no estaba definido. Cercano a la iglesia y siempre sobre el canal, encontramos la magnífica “plaza de las Artes” con la estatua de Puskin en su centro y en seguida, la Filarmónica Estatal Shostakovich instalada en el palacio de la Nobleza. Otro lugar de interesante visita, pero ahora sobre el canal Mojka, es el palacio Yusupov, construido en estilo clásico para el príncipe de igual nombre a finales del siglo XVIII y el interés radica porque aparte de su suntuosidad y elegancia, en su patio tuvo lugar el asesinato del cura-curandero Rasputin, protegido por la familia del Zar Nicolás I. Un grupo de monárquicos le produjo trabajosa muerte el 17 de diciembre de 1916. Siempre en el centro resulta recomendable la visita de los museos Histórico de Leningrado, el Museo Pushkin y el Museo Ruso.
También recorrimos la mayor de las tres islas del delta del Neva, llamada Vasil´evskij, que se extiende entre el río y el mar Báltico. Sobre el malecón que mira hacia el Palacio de invierno se encuentran las Instituciones culturales de la Universidad Estatal y distintos teatros y museos; mas al norte, la isla toma un aspecto residencial e industrial.

La plaza Pushkin, localizada en el extremo este, es un hermoso escenario desde donde se contempla en toda su magnitud el soberbio desarrollo del Palacio de Invierno y el Almirantazgo. Está unida por el puente del Palacio al Hermitage y por otro a la isla ocupada por la fortaleza de Pedro y Pablo. En esta plaza se levantan dos columnas muy particulares, de 32 metros de altura, adornadas con proas de barco y en la base con cuatro estatuas que simbolizan los cuatro ríos principales del imperio ruso.

Hacia la Fortaleza se divisa la torre del Faro, de curioso color rojo y rodeada con formas marinas extrañas.
Muchísimo más queda por recorrer y visitar en el centro de San Petersburgo, ya que la riqueza en Museos, Teatros, Edificios públicos, Monumentos históricos, Palacios, bellos parques y románticos canales parece infinita. Pero al viajero, el tiempo es un bien que se agota rápidamente y debimos elegir los itinerarios y desde luego, prometernos regresar.

La tarde de ese domingo  pretendimos asistir a la misa católica. Fue una verdadera peregrinación por las calles de la ciudad; desde el hotel primero que nos enviaron a lugares incorrectos y desde distintos sitios después, cuando los transeúntes que intentaban comprendernos, nos indicaban una iglesia, veíamos la cruz sobre la cúpula, oíamos repicar su campanario, pero cuando llegábamos, nos encontrábamos con la ceremonia ortodoxa. Es que la iglesia Rusa se adaptó al régimen bolchevique y éste le permitió algún grado de subsistencia. La congregación católica romana siguió fiel a su Papa y ello consagró su desaparición. Mientras deambulábamos confiados en acertar finalmente con el rito que profesábamos, nos cruzábamos con muchos vecinos del lugar que salían para asistir a su ceremonia dominguera   Se la veía triste a esta gente mayor, sus rostros de piel gastada denotaba sufrimientos y desesperanza; sus cuerpos vencidos, expresaban la resignación del que no espera nada. En verdad, la actitud de este pueblo contrastaba dolorosamente con el prototipo del hombre y la mujer occidental, que en Alemania o Dinamarca por ejemplo, lucía dinámica, segura y amable, con la confianza y solidaridad que le proporciona su libertad y bienestar económico. Esta pintura de la realidad del ruso promedio, de la “viejita” encorvada y vestida de negro, se plasmaba después de 70 años de gobierno proclamado como “del pueblo” y así reconocido por los llamados “progresistas” de occidente. Me pregunto: ¿dónde están los favorecidos por el régimen? ¿Dónde los revolucionarios triunfantes sobre el hambre y la miseria? Viendo a este gran ejército de hombres y mujeres derrotados por la vida, herederos de glorias y grandezas del pasado, que nunca fue suyo, con un presente ensombrecido, razonaba que el destino no había resultado generoso con los habitantes de esta gran Nación; sometidos primero a los caprichos de los zares, a sus gobiernos despóticos y a sus ansias de lujos desmedidos y luego a la violencia de una ideología intolerante y absolutista, que despreciaba la vida y la libertad proponiendo un modelo comunitario que iba a contrapelo de la naturaleza humana. Todas esta utopías fracasaron, por crueles e irrealizables y hoy el hombre ruso busca su lugar en la tierra sin una experiencia o modelo social satisfactorio donde apoyarse históricamente y proyectarse hacia el futuro. Conquistar independencia y prosperidad, sin modelos extraños, le será muy difícil.

Demás está decir, que terminamos asistiendo a una ceremonia de la iglesia ortodoxa y en medio de nubes de incienso, rezamos nuestras oraciones al Ser Supremo, que por serlo, desconoce de sectarismos y divisiones tan afín a la humana naturaleza.   

Para un viaje posterior, reservamos la isla de Petrogrado, situada al norte del casco histórico que, según las guías, conserva un ambiente particular, “Art Nouveau” de fin de siglo XIX, con algunos edificios de vanguardia o monumentales. La última etapa de nuestro recorrido, fue una excursión al Palacio de verano de los zares, o Palacio de Pushkin.

Pushkin es una población campestre situada a unos 27 kilómetros al sur de San Petersburgo, con bellos paisajes y un conjunto arquitectónico de características únicas entre los cuales sobresale el Palacio, inicialmente encargado por Catalina la Grande para constituir el asiento de la corte Imperial en los meses de verano. La construcción original fue renovada y embellecida posteriormente por mandato de la Emperatriz Isabel, siendo el arquitecto Rastrelli el encargado de la grandiosa transformación. Hoy día esta obra maestra, es uno de los valiosos exponentes del rococó ruso y en pleno gobierno comunista, durante el sitio de la ciudad, la artillería alemana prácticamente demolió buena parte del Palacio, a pesar de lo cual, concluida la guerra, pueblo y Estado se dedicaron a la más minuciosa y fiel reconstrucción, con ingentes sacrificios, con el objeto de recuperar esta joya de la aristocracia, por ellos aborrecida. En esto demostraron su profundo respeto por el patrimonio cultural del país, a diferencias de otras revoluciones que se vanaglorian en destruir todo vestigio de su pasado imperial o burgués o de religiones precedentes

Al lugar nos trasladamos en una camioneta del hotel Nevski y el pasaje, con nuestra excepción, era norteamericano. Fue bajarnos del vehículo y sentir vergüenza ajena pues a medida que descendíamos enfrentábamos una precaria orquesta con una decena de viejos músicos que desafinaban con todo fervor los acordes de himno americano de las “barras y estrellas”. Desde luego que el objetivo no era agasajar a los visitantes, sino conseguir modestas propinas que gorra en mano, solicitaban al terminar la pieza. Desagradable humillación de los hijos del Imperio que por diez siglos iba a gobernar el mundo! Al respecto, meditaba que en el breve curso de mi vida había tenido el privilegio irrepetible de ser testigo de la caída de las dos ideologías más aberrantes y ensoberbecidas que la inteligencia humana ha podido crear a lo largo del siglo XX; ambas pregonaban la construcción de un hombre nuevo y ambas se jactaban por ser gobierno durante el próximo milenio. Las dos nacieron y cayeron durante ese mismo siglo en la tierra Europea. Nazismo y comunismo fueron fuente de las mayores expectativas y frustraciones; millones de seres humanos perecieron en el altar de su arrogancia fundamentalista. Me pregunto: la teocracia islámica podrá ser el tercer gran movimiento ideológico autodestructivo de nuestro presente?.  

El palacio de Catalina es una construcción extraordinaria. Su fachada enorme mide unos 300 metros de largo, con la presencia de saliencias y entrantes para evitar la monotonía en un frente tan extendido. En uno de sus extremos, el derecho, se levantan las cúpulas de la capilla real, con las características formas de bulbo de cebolla, en este caso, algo aplanadas. El conjunto es de tres a cuatro plantas contrastando el blanco de las columnas simples o dobles que enmarcan la mayoría de las aberturas con el azul profundo de las paredes y el dorado de dinteles, frisos, escudos y molduras así como de las cinco cúpulas que sobresalen a la izquierda del palacio. Según la información disponible, en los adornos exteriores, Rastrelli utilizó ¡120 kg. de oro!. La puerta principal, de hierro forjado, muestra el águila bicéfala y la corona Imperial y en el otro extremo de la edificación, hermosas estatuas se alinean debajo un gran balcón. Si el exterior de este palacio de verano es sobrecargado y lujoso como corresponde al ruso rococó de la época zarista, el interior no es menos suntuoso.

A poco de ingresar, damos con un enorme salón revestido de espejos y apliques dorados: es la Gran Sala, con 360 metros cuadrados de superficie, donde tenían lugar las recepciones oficiales y los bailes. Luego siguen un rosario de habitaciones muy adornadas, cada una con su color predominante. Así tenemos la sala blanca o de los caballeros, la sala carmesí, la verde y la azul o de gala que alternan con el comedor principal, la sala de los retratos, la galería de pinturas y el famoso gabinete ámbar, así llamado ya que las paredes estaban revestidas totalmente por ámbar amarillo, resina preciosa proveniente de árboles antidiluvianos que abundaban en la zona del báltico. Era considerada una pieza única en el mundo y luego de la guerra, resultó parcialmente destruida y los restos al parecer fueron robados. Hoy día se está en un costoso proceso de reconstrucción. 

En la parte que da al jardín, Catalina mandó a construir un ala clásica, llamada galería jónica o pabellón de ágata ya que las paredes están revestidas de jaspe y ágata procedente de los Urales. Esta galería da acceso al hermoso parque donde se aprecian distintas construcciones, jardines y espejos de agua. Se destacan las “Termas Romanas”, un edificio neoclásico que imita al detalle las construcciones romanas de esos tiempos, ricamente decorado con malaquita, pórfiro, jaspe y alabastro. El jardín colgante y el conjunto del parque de Catalina abarcan una superficie de 600 hectáreas y contiene dos lagos artificiales. Al final de este espacio verde y cruzando el “canal de los peces”, se llega al pabellón del Hermitage, levantado en una isla artificial y a tono con el palacio por su color azul intenso y sus blancas columnas corintias. Su interior lujoso y refinado fue destruído durante la guerra y se encuentra en proceso de reparación. Sobre el lago principal, se destacan la Gruta, palacete barroco, con motivos marinos en su fachada, el Baño Turco y un Obelisco en conmemoración de la guerra Ruso – Turca. 

Otros Palacios se divisan en los parques circundantes, pero la tarde declina y es hora de partir. Regresamos desde Pushkin con el impacto de esas grandes obras, pero también con la sensación de un irrefrenable derroche. Desde el punto de vista estético, el palacio de verano con su sobrecargada ornamentación, se me antoja de calidad menor que el de invierno, más clásico. Lo encontramos muy impregnado de dorados y decoraciones excesivas. Pero la visita vale la pena y nos recuerda un mundo casi de ficción donde la clase gobernante expresaba su poder en el impúdico despliegue de riquezas al tiempo que estimulaba en los artistas la realización de esas obras fastuosas, exquisitas, donde los costos no existían y los materiales más nobles se empleaban para lograr el efecto deseado. En esta forma, nos legaron construcciones irrepetibles. También produjeron revoluciones sangrientas.

Y a la mañana siguiente volvimos al aeropuerto deteriorado, con la incorporación de un nuevo capítulo de la cultura universal, con vivencias en lo social, que la dictadura comunista me había vedado hasta entonces. Estábamos muy satisfechos, pensábamos que esta magnífica ciudad iba en camino de recuperar su sello de grandeza y que de alguna manera trasuntaba mejor que ninguna otra, el vigoroso, rudo y formidable espíritu de la Rusia de siempre. La sombra de Dostoievski parecía deambular aún por el casco viejo, mientras los poemas de Pushkin resonaban en los gastados oídos del tiempo y la música de los grandes compositores se elevaba de sus tumbas como un himno a la inmortalidad del genio humano.

Íbamos a otra capital de la Europa del Este, recuperada para la democracia. Nuestra próxima parada era Budapest.

Película el Arca Rusa

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