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Actividades » Viajando

Budapest y Lindau

Roberto Tozzini nos guia a través de estas memorables ciudades



Una breve estadía en el cielo y otra vez la tierra, ahora en el suelo de Hungría. Con entusiasmo descubrimos que el hotel reservado recostaba su agradable presencia sobre la ribera misma del Danubio. Desde el balcón de nuestra habitación disponíamos de una hermosa vista del río histórico que enlaza las principales ciudades del centro europeo. A la altura de Budapest, el río es relativamente ancho y caudaloso, atravesado por numerosos puentes y surcado por barcazas, lanchas y embarcaciones de mediano fuste que van desde la capital a poblaciones vecinas del interior o hasta Viena. Precisamente el Danubio divide a la ciudad  en dos sectores bien diferentes en estilo, historia y antigüedad; Obuda y Buda, la población que se corresponde con los primeros asentamientos, extendida en la margen occidental del río, desde Obuda al monte Gellert   edificada sobre una elevada barranca y rica en grandes casonas varias veces centenarias y Pest, en una llanura  del oriente,  mas moderna, industrial y comercial. Es, en la actualidad, la  zona vital y dinámica de la ciudad,  con un pasado reciente por comparación.

Enfrente nuestro, desde el balcón del hotel, sobre las barrancas mencionadas, se distinguía la mole de un gran palacio que no parecía muy antiguo. Se trataba sin embargo del viejo castillo de Buda, que destruido tantas veces, había sido reconstruido reiteradamente hasta que recientemente, se lo re edificó, volviéndolo irreconocible con respecto a  su estilo original.

Fiel a nuestra costumbre, la primera visita  por nuestra cuenta fue  hacia el casco antiguo de la ciudad, representado ahora por el centro de Buda. Saliendo del hotel, a las pocas cuadras, cruzamos el río por un bonito puente conocido como “de las cadenas” y tomamos un elevador que rápidamente nos depositó arriba, en la barranca. Desde allí por callejuelas empedradas, nos dirigimos a visitar la joya principal de todo viejo casco en Europa: la iglesia de Matías, la catedral.

Pasando  por la puerta del León, nos encontramos ya en el centro de la colina, con esta basílica llamada inicialmente, iglesia de Nuestra Señora, pero después, en honor al rey que la amplió y la hizo decorar, se la ha conocido como “iglesia de Matías”. En la plaza que la enfrenta, se observa un curioso monumento, con la forma de una columna robusta en cuyo extremo superior se aprecia dos figuras sentadas, una sosteniendo una gran cruz dorada, con rayos de sol que bajan a sus cabezas en forma de paloma (el espíritu santo) y ambos portando corona de santidad. Probablemente representen a Jesús y al Rey Matías u otro santo local.. Pero, además, esta columna realizada por Alajos Strobl, muestra en su superficie, gran cantidad de figuras de santos,  ángeles y querubines, logrando el conjunto un atractivo aspecto, recargado y muy particular. Pocos metros detrás de la columna, se desarrolla en amplitud la bella fachada de la iglesia cuya construcción se inició en 1255. En su centro, el portal de ingreso tiene la forma  de un arco; por encima del cual  asoma el rosetón tradicional con sus vitraux de vivos colores.   A la derecha, se destaca la torre alargada de seis pisos que corresponde al campanario, ricamente trabajada y a la izquierda, las cúpulas aguzadas del techo de la nave principal,  recubiertas por mosaicos rojos con la cruz papal y el emblema del cuervo que se corresponde con el escudo de armas  del renacentista rey Matías. El interior  demasiado obscuro,  dificulta  apreciar la exquisita decoración de muros y techos. Además, en el Tesoro, vale destacar que  entre ropajes reales y eclesiásticos, se expone el vestido que la célebre Sisí (Sisi Emperatriz,en el cine en su momento) bordó a la muerte de su hijo, así como su velo nupcial realizado con hilo de platino.

A la izquierda de la iglesia se levanta la moderna construcción del hotel Hilton, que en su hall de ingreso conserva las ruinas de la torre de Miklós integrada a su estructura. Allí saboreamos un reparador café. Por detrás del hotel, se desarrolla una extraña construcción en lo que parece ser piedra caliza blanca, con amplios balcones que miran hacia el Danubio, terrazas con mesas y sombrillas, elegantes escaleras y techos cónicos  que le confiere al conjunto su aspecto extraordinario. Se trata del “bastión de los pescadores” un monumento con toques “art nouveau” que recuerda a los pescadores que en la edad media, defendieron la ciudad. Desde ese balcón, la vista es hermosa y toda la ciudad de Pest desfila ante nuestros ojos. Al fondo por el norte, se divisa la isla Margarita, entre los primeros dos puentes, luego,  el imponente edificio del Parlamento, con sus agujas y cúpula en semi- esfera que se eleva dominante sobre los otros edificios de la ribera. Después el puente mayor o de las cadenas que se continúa al oeste con un túnel bajo la colina del castillo y que permite el acceso directo a Pest sin atravesar el sector antiguo, conectándose con la zona de los grandes hoteles, el Hyatt, el Intercontinental, el Sheraton, el Forum, el Marriott entre otros. . Mas a la derecha se divisan tres o cuatro puentes y finalmente el río se desvanece en uno de sus tantos recodos, después del monte Gellert
 La actividad es intensa sobre las aguas de este histórico río, llamado “Duna” por los magiares, pero al parecer, son más las embarcaciones turísticas que las comerciales las que surcan su superficie. El viaje a Viena y regreso, con los aerodeslizadores austriacos o los jetfoils húngaros, constituye un paseo delicioso. Hacia su origen, el Danubio surge de la Selva Negra alemana, en la frontera con la Alsacia francesa y en su recorrido hacia el este de 2.800 kilómetros, llega hasta el mar muerto, formando un amplio delta entre Rumania y Ucrania. Después del Volga, es el río mas extenso de Europa y ciertamente el que despierta las mayores connotaciones románticas  para los jóvenes de nuestra edad.
 Caminamos luego, por las calles irregulares de Buda, con reminiscencia de la Mala Strana o alrededores del castillo de Praga, pero sin alcanzar la calidad e imponencia de aquellas construcciones. También aquí, abundan casas particulares de dos o tres plantas, pintadas de vivos colores y con fachadas finamente trabajadas y en excelente estado de conservación. Entre ellas, nos llama la atención un elegante edificio de estilo barroco con un bello techo a dos aguas de mosaicos rojo obscuro y filigranas doradas: son los Archivos del Estado Húngaro. En la zona encontramos asimismo numerosos cafés y restaurantes; habiendo leído que la confitería Ruszwurm es la más antigua y afamada de la zona, nos tomamos un respiro bebiendo en una de sus mesas, un  rico té  y unos gustosos pasteles. Luego salimos nuevamente de recorrida cruzando un parque sobre la misma barranca y a través de una muy elegante arcada (la puerta de Viena), ingresamos por un costado,  al jardín que rodea al viejo castillo.

La construcción actual no puede considerarse una obra extraordinaria. Pese a sus grandes dimensiones, su clásica simetría tiene poco impacto estético. El cuerpo central al que se accede por una amplia escalinata es de estilo griego con columnas corintias que sostienen un frontón triangular. Sus tres plantas se continúan con una torre cilíndrica de otros tres pisos, rematados en una acampanada cúpula de color verde azulado. En ambos lados de la torre se extiende por centenares de metros  una monótona construcción que a pesar de columnas ornamentales y otros agregados no logra presentar un aspecto atractivo. El interior de este palacio es solemne aunque dista del lujo de las residencias rusas o de otras capitales europeas. Buena parte está dedicado a oficinas y el resto a distintos museos. La fachada posterior, que da a un amplio jardín, resulta mas interesante, con importantes monumentos en bronce y una cascada. Debe reiterarse que el actual, nada recuerda al castillo original, ya que fue repetidamente destruído,  la última vez, por la artillería nazi. Finalmente, mas al sur, siempre por la barranca de Buda, llegamos al monte Gellért, al que también se  puede ascender desde abajo; allí se encuentra una  ciudadela, construida como fortaleza para la defensa por los Hapburgos a mediados del siglo XIX y empleados como cuarteles por los nazis en la segunda guerra mundial. Y sobre la cornisa del monte, con una barranca que cae en forma vertical, divisamos el monumento al obispo Gellért, en el sitio donde se supone que fue martirizado por los paganos,  que lo metieron  dentro de un barril y lo arrojaron a las aguas del Danubio, en 1046. Ahora en la base del monte, se encuentra el famoso hotel – balneario con el mismo nombre, que visitamos unos días después.

El día siguiente transcurrió recorriendo Pest. Esta parte de la ciudad se mantiene activa las 24 horas del día. Aquí se encuentra su centro comercial, con calles peatonales y vistosas vidrieras, hoteles, los principales edificios de gobierno, los teatros, la Ópera, el Parlamento,  museos y grandes parques. Caminar por la ribera oriental del río resulta agradable, con una calle peatonal bordeada con árboles y  setos de flores y con mesas de los cafés de los grandes hoteles que ya mencioné y que permiten sentarse lánguidamente  al aire libre en los meses de verano. Frente a uno de estos edificios,  encontramos la estatua en bronce de José II, de pié sobre una base de granito. Este rey sucedió a María Teresa en el trono, a finales del 1700 acometiendo  grandes transformaciones sociales que  le brindaron un reconocimiento póstumo, aunque en su momento fue motivos de tensiones con los nobles húngaros que veían reducidos a sus derechos. 

Si avanzamos por el paseo ribereño hacia el ingreso desde Buda por el puente de las Cadenas,  pasaremos por un importante teatro con bellas estatuas entre sus amplios ventanales, y mas adelante  por el edificio clásico - renacentista de la Academia Húngara de Ciencias. En los alrededores, comienza la calle principal del centro, József Attila y por ella nos internamos. Sobre su margen izquierda, encontramos la gran basílica de San Esteban con una cúpula de casi 100 metros de altura y en su interior, bellos mosaicos y en  el altar mayor, la figura de san Esteban realizada por el ya mencionado artista,  Alajos Strobl. Esta calle es en buena parte peatonal y los principales negocios, tiendas de moda y boutiques se dan cita allí. También la calle Váci muestra casas de moda, grandes almacenes, agencias de viaje, cafés, restaurantes y otros negocios. En general la edificación es baja, con construcciones de seis  a ocho pisos, algunas pocos son modernas y la mayoría de mediados de siglo. Pest fue muy castigada durante la guerra así que sus edificios han sido reconstruídos masivamente. Del pasado, persiste la mole majestuosa de la Ópera, con su frente clásico de seis columnas y frontón triangular, rematado en tres importantes cúpulas. En esta zona cruzamos una plaza agradable y arbolada, con mucha animación y un bello monumento, es Vorosmarty tér que precisamente está dedicada al mas conocido de los poetas románticos húngaros y cuya figura preside el monumento que mencioné. Frente a la plaza se encuentra el refinado hotel Kempinski, donde pude asistir en el 2007 a un excelente simposio.  Algo mas alejada, pero que justifica el desvío, está la Plaza de los Héroes, que recuerda los 1000 años de la conquista del país por las tribus magiares. El monumento principal es imponente, con una elevada columna central que termina en la figura alada  del arcángel San Gabriel y en la base, en medio de guerreros a caballo en bronce, se ve la estatua de Arpád de la primer dinastía. De allí se abren dos columnatas en semi –círculo como abarcando la plaza y por delante, la tumba del soldado desconocido. En la vecindad, visitamos el Museo de Bellas Artes, que expone colecciones egipcias,  grecas y romanas junto a pinturas y esculturas clásicas y modernas. Además en el primer piso, la galería de pintura es excelente con preponderancia de pintores húngaros, para mí desconocidos, pero que muestran  lienzos de extraordinaria calidad. En frente se levanta un impecable edificio de bello estilo clásico, con ornamentos dorados y hermosas pinturas en su frontón triangular, que corresponde a la  Galería de Arte, con exposiciones transitorias de artistas contemporáneos y que no llegamos a visitar. 

Las fuentes termales y balnearios de Pest. Los baños termales en Hungría son como una pasión nacional. Las fuentes subterráneas de agua son muy extendidas y muchos balnearios asientan directamente sobre algunos de los muchos manantiales de la zona. Parte de ellos son populares, verdaderos centros de reunión social o para el tratamiento de las mas diversas afecciones, comenzando por las reumáticas, mientras que otros son mas exclusivos como en el caso del hotel Gellért. Ya mencionamos a este tradicional hotel, situado en la base de la colina con igual nombre y al que se llega desde Pest, luego de cruzar el río por el puente de la Libertad. El gran edificio es un buen ejemplo del “art nouveau” húngaro con influencias árabes. Por sus ambientes han desfilado encumbrados personajes de todo el mundo y así se menciona que la reina Juliana de Holanda pasó aquí su noche de bodas en 1937 y desde entonces, se sucedieron como visitantes el Sha de Persia, Nixon, Arturo Rubinstein,  Raquel Welch y Luciano Visconti. No sé si ahora nos habrán agregado a la lista.

El hotel reabrió sus puertas en 1981, y como antes, sus baños han persistido como un templo de refinamiento y atención esmerada. Las paredes de su baño Turco y de las piscinas cubiertas presentan atractivos mosaicos, fuentes de burbujas y bellas estatuas alegóricas. En la piscina principal, con aguas termales, el ambiente es relajado y silencioso, estando rodeado de una galería de columnas dobles muy decoradas, que sostienen un piso superior con numerosos balcones. El techo cubierto por una mampara de vidrios amarillos, confiere al conjunto  una tonalidad dorada. También uno puede disfrutar del Jacuzzi con masajes de agua con dióxido de carbono o pasear por el césped que rodea a la piscina al aire libre. Si bien por razones de privacidad, se solicita no tomar fotografías, no pude resistirme a documentar mi visita y así poseo una buena colección de imágenes interiores de este templo del agua donde los participantes en los baños contra lo que se dice, ostentan mallas o bañadores. Además, en Budapest, hay cinco baños turcos públicos, edificados al mas puro estilo otomano, con la cúpula de cobre y una media luna luciendo en lo alto. En cuanto a los baños públicos de aguas termales se mantienen muy visitados hasta  en invierno, ya que la temperatura del agua es elevada por su naturaleza termal y permite permanecer con comodidad al aire libre, aún rodeado de nieve. La isla Margarita, que ya mencionamos en el extremo norte de la ciudad, cuenta asimismo con un importante hotel – balneario, no del nivel del Gellért, pero dotado de todos los servicios médicos para la correcta indicación de tratamientos hídricos y sus derivados.

Afuera del Hotel y luego de observar el parque y  una cascada artificial que se extiende a partir de la estatua del obispo martirizado, en la cornisa misma de la barranca, llegamos a una extraña iglesia, desarrollada en una suerte de caverna, bien al interior de  la montaña. Se transpone una amplia reja de hierro trabajado, que cierra el ingreso y en el corazón mismo de la roca,  escuchamos misa rodeado por este ambiente anfractuoso, irreal y pétreo.

Nos invade una sensación indescriptible, sobrenatural.

Mas tarde, salimos al aire tibio del mediodía y caminando por el Puente de la Libertad, regresamos a Pest , mientras la airosa figura de mujer que parece sostener una pluma etérea y que simboliza la libertad e independencia de Hungría, parece saludarnos en despedida desde la cumbre del monte Gellért. 

Al final del puente, cruzamos frente a la Facultad de Ciencias Económicas y atravesamos un colorido mercado de abasto en busca de un restaurante para almorzar. Es que nuestra última referencia a la experiencia húngara, se refiere precisamente a la  culinaria. La cocina húngara es particularmente sabrosa, empleando algunos ingredientes como la páprika que se han difundido por todo el mundo. Este condimento rojizo de gusto fuerte, acompaña a platos de aves, carne de pescado o de ternera, confiriéndole un sabor muy particular. Lo curioso es que esta especie aromática (la pimienta pagana) se prepara a partir de una planta que no es originaria de Hungría, sino que proviene de Centro o Sud América y parece que fue traída por Cristóbal Colón en 1493.  Respecto al gulash es probablemente el plato nacional mas conocido en el exterior y que por supuesto solicité en más de una oportunidad; en esencia se trata de una sopa de carne hecha con cebolla y páprika, a la que se le agrega tallarines y papa cortada en cuadraditos. Presenta distintas variedades según las regiones del país donde se lo sirve; así se menciona el gulash de transilvania, el tokány, el pörkölt y otros en donde diferentes tipos de carne, legumbres o condimentos, hacen las delicias del paladar mas exigente.

Aquí concluye nuestra experiencia en un lugar muy recomendable para conocer, lamentando no disponer del tiempo suficiente para recorrer el interior de este territorio agrícola y lacustre al parecer, tan interesante.

Mi regreso del 2007 fue fugaz y se produjo en el mes de febrero con ocasión de un Simposio al que concurrí como representante de la Sociedad Argentina de Climaterio.  Supuse hallar a una Buda Pest blanca y gélida. No fue así. La nieve estuvo ausente por esos días y las temperaturas fueron bajas pero tolerables. Comprobé, eso sí, que la ciudad mostraba claros progresos, en la restauración y embellecimiento de los edificios públicos, en la iniciación de nuevas e importantes construcciones y en la desaparición de marcados bolsones de pobreza presentes en mi viaje anterior. Una de las noches fuimos invitados a cenar, con fondo de alegres violines, a un restaurant  en Buda, sobre la colina y terminada la misma,  admiramos la ciudad iluminada desde la cumbre del Gellért. En verdad recuerdo con afecto esa imagen fascinante.

Los habitantes de Hungría son  los dinámicos y entusiastas sobrevivientes de todas las conquistas y las derrotas de las guerras. Pueblo guerrero por sí mismo, sufrió la invasión de  las potencias orientales y occidentales; desde el año 1000, en que el rey Esteban cohesionó al país de los magiares; luego, el imperio de Bizanzio, los mongoles, los turcos, la dinastía de los Habsburgos, las divisiones intestinas, la derrota en la primera guerra mundial, el nazismo y finalmente , el comunismo, destrozó al tejido social, distribuyó a la población por países vecinos, impuso o abolió diferentes religiones, buscó la desaparición de los judíos y gitanos en forma tal que en 1920, Hungría pasó de tener 325.000 kilómetros cuadrados a contar con sólo 92.000 km2 y de 21.000000 de almas a no mas de 7.500000. Rumania, Austria y Yugoslavia le cercenaron parte de su territorio, pero todas estas vicisitudes no quebraron el indómito y valeroso espíritu de los húngaros. En 1956, fueron los primeros en levantarse contra la opresión rusa y solo la fuerza de los tanques pudo aplastar el deseo independentista. Pero se las ingeniaron para seguir un camino propio y hoy es una democracia vital y no un pueblo vencido. Con toda justicia, han ganado su lugar bajo el sol.

Este interesantísimo e intenso viaje de 1996 detrás de la ahora abolida cortina de hierro, merecía  un bucólico descanso final. Así fue que dispusimos de los últimos cinco días en suelo centro europeo para disfrutar de un delicioso sitio de veraneo en el sur alemán: la pequeña joya de Lindau sobre el lago Constanza. Ya habíamos intentado en un viaje anterior, conocer esta histórica población, que se inscrustó en mi memoria por algún motivo durante la segunda guerra mundial pero, en aquella ocasión, las inclemencias del tiempo y una lluvia copiosa nos desviaron a Munich. Ahora teníamos reservada una habitación en una pequeña isla que se proyecta dentro del lago y el buen tiempo de verano nos preanunciaba una estadía feliz. En automóvil recorrimos alegres carreteras del sur oeste alemán y sin dificultad, arribamos a Lindau, cruzando el puente que nos llevaba a la isla y estacionamos frente al hermoso lago Constanza, cuyas aguas bañan a tres naciones: Alemania, Austria y Suiza. 

En verdad, el hotel gozaba de una ubicación  privilegiada. Esta vieja casona de cinco plantas, con paredes impecablemente blancas, aberturas celestes y techo de tejas rojas, se sitúa enfrente del pintoresco puerto de la isla, desde donde salen las excursiones hacia las numerosas poblaciones del lago. La vista desde la habitación resulta cambiante según las horas del día: azul intenso del lago, verdes serranías bajo la luz solar del mediodía,  cielo y aguas doradas del atardecer o amanecer, o a la negrura cuajada de luces en la noche clara  Allí está el portal de ingreso al puerto, flanqueado por un león sedente sobre un pedestal de roca a la izquierda y la airosa silueta cilíndrica del faro, también en piedra, a la derecha. 

Lindau es una pequeña población pulcra, ordenada, con una edificación preciosista y un ambiente festivo. La sonrisa y el asombro son expresiones que se alternan constantemente en los visitantes. Caminar por esas calles cuidadas, ondulantes, curvilíneas, bordeadas de hermosas  casas, que ostentan en sus frentes figuras de vivos colores, con todos sus balcones adornados con malvones de flores rojas, produce un placer difícil de traducir en palabras. 

Incluso, la ciudad tiene un pasado de realeza (fue ciudad imperial libre entre 1275 y 1802) que enriqueció su arquitectura  con aire renacentista, mostrando  en sus  techos, una terminación escalonada característica de forma triangular.  Esta figura tan particular de la edificación alemana, alcanza en este lugar, un desarrollo extraordinario y vistoso; alternando los  escalones rectos, con otros que en gráciles curvas, angostan el frente hacia arriba, para rematarlo con  algún elegante ornamento. Ejemplo de esta última terminación, puede observarse en la calle principal, en una bella casa de seis plantas inaugurada en 1835 en cuyo frente se lee: Buehhandlung Stettner.

Algunas de estas construcciones merecen mención especial: tal el caso del museo Estatal de Lindau, magnífico palacio barroco con un techo imperial de ladrillos ocre, situado frente a una pequeña plaza con su infaltable fuente central. Hoy guarda  documentos vinculados al origen de la ciudad, junto a una galería con importantes esculturas y pinturas. Muy cerca  observamos otra  residencia palaciega, el viejo Ayuntamiento, con su frente escalonado que remata en un campanario, profusamente adornado con excelentes y coloridas figuras humanas en sus  fachadas anterior y posterior. El mismo correo, situado cerca de la estación de trenes y del puerto, es una magnífica mansión. La población dispone de dos iglesias importantes, San  Estefan, la católica donde escuchamos misa y nos deleitamos con un coro de voces extraordinarias,  y la otra que es luterana cuyo nombre no recuerdo.

Pero aunque ese centro histórico es deslumbrante, rico en ornamentos, pinturas y bellas construcciones, la vida de Lindau se orienta hacia el lago. A un costado del puerto, está el amarradero de lanchas, veleros y embarcaciones de hasta mediano porte; es una agradable marina vinculada al placer y deporte náutico. Luego viene el puerto, con gran actividad, que le imprime vida a la costanera peatonal (promenade), donde residentes y turistas caminan con indolencia u ocupan los asientos del lugar para contemplar lánguidamente las tranquilas aguas o el atractivo ingreso al atracadero entre el recio león y el faro emblemático, por donde pasan a intervalos regulares las lanchas de transporte de pasajeros.

El medio acuático, nos conecta con rapidez con Bregenz en la vecina Austria, con  Birnau, Meersburgo o Überlingen en la orilla germana o bien con Kontanz, Roshchart o St. Gallen u otras poblaciones mas pequeñas, del lado Suizo. Nosotros realizamos un breve paseo hasta la costa del lago que continúa la parte continental de Lindeau. Las aguas tranquilas y los Alpes distantes, con los pueblitos engarzados entre la costa y los montes,  resultan un bálsamo para la ansiedad y una fiesta para los ojos. Desembarcamos directamente sobre el parque de un gran hotel, con un jardín espléndido, una  piscina que se desarrolla lánguida en un recodo del lago, y un imponente edificio, en cuya torre de diez pisos se leía con letras doradas el nombre del establecimiento: “Badschachen”. El cuerpo del hotel  mostraba sus seis plantas, con amplios ventanales y confortable aspecto. Nos quedamos para la hora del té, sobre una terraza que miraba hacia el lago y a poco estar, contemplamos la aparición sucesiva de personajes escapados de alguna novela de Ágatha Cristie o salidos del reparto de Hércules Poirot. Allí estaban, el egregio general, con su uniforme vistoso  cubierto por medallas, el joven de impecable etiqueta, con su esmoquin obscuro y camisa almidonada y la damisela con blancos guantes de encaje, larga pollera y joyas  relucientes repitiendo la tradicional ceremonia del té, servido por supuesto por un imperturbable mayordomo en uniforme finisecular. Quizás fuera una postal extraída en el túnel del tiempo, o quizás éste montaje no transcurría en ese quieto lugar y la “belle epoque” sólo persistía en nuestra imaginación al final del siglo XX. 

Regresamos distendidos, agradados y con el proyecto de pasar uno o dos días en este hotel si se daba que volviéramos al lugar. Máxime que después nos enteramos que una argentina tenía que ver con su dirección.

El tiempo de molicie en la ribera del Constanza se terminaba y mientras nos preparábamos para dirigirnos directamente al aeropuerto, me quedaba la gran satisfacción de haber dado con el lugar justo para fin de este viaje. Alguna lectura perdida de mi infancia me señalaba esta ciudad; desde varios años atrás buscaba el momento adecuado para la visita. Había concretado mi deseo y realmente Lindau me pareció el lugar perfecto para unos días de solaz y descanso con el atractivo extra de no estar incorporado de lleno al circuito internacional del turismo. Los veraneantes eran todos germanos y salvo los problemas del idioma y la comida  alemana, nos aseguraba una compañía tranquila, alegre, homogénea y confiable. Allí concluyó uno de los viajes que con mayor cariño recuerdo.



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