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La perversión de la democracia, por Daniel García-Pita

Artículo extraído del diario ABC de España

«La perversión supone, según nuestros académicos, una transgresión moral, "la alteración del buen gusto o de las costumbres que son consideradas como sanas o normales, a partir de desviaciones o conductas que resultan extrañas”. Esta definición no lleva aparejada una condena rotunda, como la arrastra "pervertido”, de exclusiva connotación sexual»

A lo largo de la historia la vocación de todo legislador ha sido crear un sistema de derecho capaz de asumir con eficacia las evoluciones y cambios a los que están sometidas las sociedades; lograr en el ordenamiento un máximo de certidumbre como base de la seguridad jurídica a la que todo ciudadano aspira. No lo consiguió el babilonio Hammurabi, ni el legislador, Solón, ni Justiniano en la plenitud de su gloria, ni nuestro polifacético Alfonso el Sabio, ni el victorioso Napoleón con su ejército de codificadores racionalistas. Si excluimos las Tablas de la Ley por su carácter divino, quizás sería Benito el santo patrón de Europa con su Santa Regla monacal, quien más se aproximó a una normativa a prueba de cambios en las conductas reguladas, pero claro, contaba con la previsibilidad que garantizan los votos perpetuos.

En la búsqueda de certidumbre, los juristas llevan siglos elaborando mecanismos para evitar que las normas sean violentadas con negocios indirectos, acuerdos simulados y otros artificios creados para burlar la Ley. Las autoridades fiscales han llegado en este terreno a un virtuosismo realmente increíble que, a su vez, ha contribuido al desarrollo de fórmulas cada vez más complicadas por parte de los asesores de los sujetos pasivos para huir de la agobiante presión del fisco insaciable. Es una manifestación de darwinismo digno de estudio por los zoólogos; si hay un ámbito de la vida en el que el creacionismo resulta arrollado por el evolucionismo, ese es el del mundo de los impuestos. Con este mismo propósito de «atrapar» la realidad cambiante se inventaron técnicas, como los conceptos jurídicos indeterminados, que son un reconocimiento de que el legislador no puede seguir el ritmo frenético de evolución de la sociedad. Esta ingeniosa herramienta jurídica hace, por ejemplo, que lo que antaño era un grave insulto sea hoy un cariñoso saludo.

Por su rigidez frente al sentir cambiante de los ciudadanos, las normas jurídicas han tenido que ser completadas con usos, costumbres y buen sentido, que adolecen de la formulación escrita y exacta de las leyes, y son moldeables al cambio de las circunstancias. Existe así un orden normativo «blando» de usos, costumbres y buen gusto, frente al orden «sólido» de códigos y leyes. Una excesiva resistencia al cambio conduce al incumplimiento general y al fraude de la ley; una flexibilidad abusiva conduce, técnicamente, a la perversión de las costumbres.

La perversión supone, según nuestros académicos, una transgresión moral, «la alteración del buen gusto o de las costumbres que son consideradas como sanas o normales, a partir de desviaciones o conductas que resultan extrañas». Esta definición no lleva aparejada una condena rotunda, como la arrastra «pervertido», de exclusiva connotación sexual. Lo «extraño» es simplemente lo distinto de lo habitual, natural o normal y tiene «algo de extraordinario o inexplicable que excita la curiosidad, sorpresa o admiración» dicen los académicos.

Esto nos conduce al difícil problema de decidir qué costumbres deben de ser consideradas como sanas o normales y cuáles como conductas desviadas y extrañas; y de determinar a quién debe de atribuirse la capacidad para establecer los parámetros dentro de los que han de moverse normalidad, sanidad y extrañeza. Ardua cuestión que resuelven con dramática facilidad el relativismo y el buenismo crecientes. En términos análogos a los del celebérrimo principio físico definido por Arquímedes puede decirse que el sentido de perversión se desvanece en la misma proporción en que se fortalece la relativización de los principios morales en los que se asienta la convivencia social y la conducta individual; a diferencia del cuerpo sumergido en un fluido, lamentablemente, el buen gusto y la sanidad de las costumbres, sumergidos en la relativización, experimentan un empuje hacia abajo y no hacia arriba.

El buenismo, por su parte, no pasa de ser una manifestación estúpida del relativismo.
A la hora de justificar el cambio de costumbres asumidas como respetables por la gran mayoría, se emplea un lenguaje manipulador que retuerce las palabras y distorsiona los conceptos para que la ciudadanía destinataria del mensaje se convierta en una masa blanda y viscosa que se moldea a gusto del demagogo. La solidez de los principios, de las sanas costumbres y del buen gusto se diluyen sin contemplaciones en ese gel de vulgaridad intelectual. El eje diamantino del proceso de manipulación es el concepto «progresista» de lo democrático. Se usa para consagrar como bien absoluto sin mezcla de mal alguno cualquier desviación minoritaria del sentir moral o del buen gusto general, pretendiendo no ya que se acepte como una opción más, lo que sería legítimo, sino su imposición como único modelo a imitar, lo que es profundamente ilegítimo. Los ismos de las vanguardias literarias y artísticas del comienzo del siglo pasado nacieron como genialidad y en algunos casos llegaron a una exageración absurda. La progresiva nacida en el 68 dio origen a otros ismos en los movimientos de pretendida liberación y emancipación de minorías, que no gozaron de genialidad en su creación y que han derivado en una exageración ridícula.

Pemán recriminó a d'Ors su condescendencia con el franquismo; don Eugenio con delicioso cinismo le contestó: «Mire Peman, yo siempre estoy del lado del tirano». Dos de los siete sabios de Grecia, Cleobulo de Lindo y Periandro de Corinto, fueron tiranos profundamente respetados. En Roma la dictadura fue magistratura a la que se acudió regularmente en casos de peligro para la república. Ni tiranía de pocos, ni dictadura de la mayoría caben hoy en un estado democrático. La convivencia del principio mayoritario con el respeto de la minoría es la verdadera esencia de la democracia.

Por ello es comprensible que el poco imaginativo emparejamiento tradicional, acorde con el sentir moral de la inmensa mayoría, conviva con especialidades, experiencias y tecnologías sexuales minoritarias que muchas veces van más allá de las costumbres del ardiente Epistones del Anábasis y de los más atrevidos efebos del gymnasion ateniense. Pero convertirlas en celebración financiada públicamente y promocionarlas como modelo para nuestra juventud, es una desmesura que se aproxima mucho a una perversión de la democracia.

DANIEL GARCÍA-PITA PEMAN ES ABOGADO Y MIEMBRO CORRESPONDIENTE DE LA REAL ACADEMIA DE LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA



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