El caso de Will Smith genera interrogantes sobre nuestra propia conducta y desafía de alguna forma nuestro sistema de valores.
Fue mucho más que un simple cachetazo. Desde hace una semana, el mundo entero habla de la reacción de Will Smith en la entrega de los Oscar. ¿Es solo porque se trata de un episodio singular y escandaloso? ¿O es por algo que nos incomoda a nosotros mismos? Tal vez volvamos una y otra vez a esa escena porque nos desafía y nos genera interrogantes. Como todo hecho complejo, es difícil liquidarlo con juicios categóricos. Cuesta justificar la reacción de Smith, como cuesta condenarlo en términos absolutos, sin calibrar matices. Fue una cachetada que se suma a otros sopapos históricos, como el que le dio Vargas Llosa a García Márquez el 12 de febrero de 1976 en un cine mexicano. Frente a reacciones de ese tenor (y con protagonistas de ese perfil), la explicación de la simple irracionalidad, o del instinto primitivo, resulta claramente insuficiente.

Cachetazos como el de Vargas Llosa, Graciela Camaño o Will Smith parecen exponer, entonces, la complejidad de la naturaleza humana. Es evidente que en ninguna de esas reacciones ha habido cálculo. Cualquier medición de costo-beneficio hubiera llevado a los protagonistas a elegir otro camino. La bofetada expone el impulso y la reacción visceral del ser humano. Es tentadora (y hasta podría ser necesaria) la condena moral frente a la ausencia del freno inhibitorio. Pero si aceptamos que las cosas nunca son del todo lineales, también deberíamos preguntarnos cómo sería la vida sin ese componente de lo imprevisible, lo impulsivo, lo “alocado”. Por supuesto que hubiera sido más aceptable que la reacción de Smith fuera vehemente, incluso airada, pero no violenta. El ser humano, sin embargo, no sería tal si actuara siempre de manera estratégica y racional. Está –claro- la cuestión de los límites. ¿Qué lleva a una celebridad como Smith a desbarrancar en el terreno del exceso? En la misma noche, el Oscar y el exabrupto; la consagración y el “instante fatal” en el que el hombre no logra dominarse a sí mismo. El actor excepcional, entrenado en el talento de controlar y escenificar emociones, pierde los estribos y comete un acto que parece teatral (todos creímos que estaba guionado) pero que es tan real como penoso.
El episodio está teñido de contradicciones y matices. Smith no reaccionó por un interés mezquino ni en defensa de algo material. Lo hizo porque sintió que se agraviaba y se ofendía a su mujer. Valores culturales muy arraigados nos llevan a simpatizar con esa actitud, que de algún modo se conecta con la defensa del honor y de un valor supremo, como es el de la dignidad de la mujer. Sin embargo, en estos años hemos aprendido mucho sobre la igualdad de género y se ha producido una virtuosa evolución en esa materia, aunque esa transformación no está exenta de confusiones y fanatismos. Es inevitable, entonces, preguntarse si es válida, en el actual contexto socio-cultural, esa defensa “física” de la mujer por parte del hombre. ¿No ubica al marido en un lugar de paternalismo que desentona con los valores de esta época? ¿Es admisible en un ambiente genuinamente progresista como el de Hollywood la reacción aparatosa del “hombre protector”? Tampoco son preguntas que tengan respuestas categóricas. El episodio expone, al fin y al cabo, tensiones culturales y generacionales con las que debemos aprender a convivir. ¿O vamos a imponerle códigos de corrección política a las relaciones de pareja?

Podemos especular sobre nuestra reacción ante lo inesperado, pero es probable que en, determinadas circunstancias, para bien o para mal, nos sorprendamos de nuestra propia conducta: ¿Cómo reaccionaríamos si alguien ofende a un hijo delante nuestro? ¿Cómo lo haríamos si nos sintiéramos amenazados, agredidos, insultados? Son preguntas que nos asoman a esa esfera desconocida de nosotros mismos. ¿Todos llevamos dentro un gen agresivo? ¿Todos podemos ser víctimas de nuestra propia ira? El cachetazo hollywoodense nos plantea esos interrogantes. Pero a la vez nos recuerda que en ese encuentro con lo imprevisto y lo que nos descoloca, el hombre también suele reaccionar con coraje, con lucidez, con hidalguía y dominio de sí mismo. El “instante crucial” puede manchar una trayectoria, pero también enaltecerla.

La historia de España nos ofrece un ejemplo inspirador. Ocurrió en 1981, cuando los militares irrumpieron a punta de pistola en el recinto del Congreso en un intento de golpe de Estado que se conoce como “el Tejerazo”. Adolfo Suárez, como presidente del gobierno, decidió permanecer en su asiento mientras todos los diputados se arrojaban al piso para refugiarse debajo de sus bancas. Ese acto de valentía y entereza le dio a Suárez una dimensión histórica que, con una gestión y una trayectoria sinuosas, no había alcanzado hasta ese momento en el que agonizaba su mandato. Tampoco fue un acto derivado del cálculo. Fue el instinto el que no lo tiró al suelo, sino que lo mantuvo erguido. Retratado con maestría por Javier Cercas en Anatomía de un instante, aquel gesto nos muestra la otra cara del impulso humano. Tal vez suene grandilocuente, pero quizá el episodio de los Oscar nos sirva en nuestra vida cotidiana: ante el desafío inesperado, podemos ser Will Smith o Adolfo Suárez.En la comparación hay, por supuesto, una abismal diferencia de proporciones. En un caso, el ataque provenía de las armas; en el otro del humor. ¿El humor también es un arma capaz de herir y lastimar? ¿Dónde está el límite entre la ironía y la ofensa? ¿El corset de la corrección política conspira contra la libertad de reírnos de determinadas cosas? Parece evidente que cierto puritanismo pseudoprogresista intenta establecer un cepo a la libre expresión. Sin embargo, también es cierto que el mal gusto, la burla y la agresión deberían marcar un freno al humor. Chris Rock transgredió varias de esas barreras. Aludir –nada menos que desde el escenario de los Oscar- a un problema de salud con ánimo burlón, parece entrar en el territorio del agravio pedestre y gratuito. “El problema no es el humor sino el dolor; si algo duele, mofarse de ello es mostrar desprecio por el otro”, dice Espeche desde la psicología. La respuesta nunca debería ser la violencia. Tampoco la censura ni el escarnio. El episodio, entonces, se vincula con otro debate interesante: ¿Cómo se reacciona ante la desubicación, la grosería y la ofensa? La cultura contemporánea parece proponer “la cancelación”, una reacción tal vez más peligrosa que aquello que se intenta condenar.

Smith desperdició la oportunidad de marcar un límite con altura y sofisticación. Le salió, en cambio, la bravuconada y el sopapo. “Una cosa, por muy justa que sea, se vuelve dañina tan pronto como la defiende un fanático”, escribe el español Fernando Aramburu en Los vencejos, su última novela. Podríamos deducir, a partir de esa creencia, que un hombre que tiene razón, deja de tenerla cuando pega un cachetazo. Smith tenía derecho a ofenderse en nombre de su mujer; no tenía derecho a la violencia. Si todavía no le han quitado el Oscar, no lo han sancionado ni se ha desatado una “ola cancelatoria”, probablemente tenga que ver con su condición de afroamericano y activista contra el racismo. ¿Hubiera sido la misma la reacción si el cachetazo lo hubiera pegado el republicano Clint Eastwood? La doble vara parece funcionar en todo el mundo. Y remite a aquella máxima que enarbolaba Néstor Kirchner: “La izquierda te da fueros”.En la literatura de los primeros auxilios, la cachetada suele asociarse a la posibilidad de despertar o despabilar a alguien. La de Will Smith podría ayudarnos a despertar algunos interrogantes sobre la cultura contemporánea y nuestro sistema de valores. Tal vez tenga algo de metáfora sobre un mundo cada vez más intolerante, menos sofisticado, más teñido de impulsos y debilidades. Tal vez sea un episodio que también nos habla de la vulnerabilidad de las “instituciones” (Hollywood es, al fin y al cabo, una institución del arte y la cultura). Está fresco el cachetazo que recibió en un acto público el presidente francés, Emmanuel Macron, para expresar también la fragilidad institucional ante la violencia rudimentaria y primitiva. La reacción física descoloca, suprime el diálogo y nos retrotrae a lo más anacrónico de la civilización: una suerte de justicia por mano propia.

En un país tan inseguro, crispado, trabado e ineficiente como es hoy la Argentina, tal vez valga la pena mirar el episodio de los Oscar desde una óptica más provinciana y terrenal. Todos los días vemos reacciones desmedidas en la calle, en oficinas públicas, en escuelas u hospitales. La impotencia provoca, con frecuencia cotidiana, explosiones de ira y de violencia. Encontrar la manera de quejarse y de discrepar sin agredir, quizá sea un verdadero desafío social, no solo individual.

Smith podría haber ofrecido un ejemplo de firmeza y de serenidad al mismo tiempo; de dignidad, pero también de prudencia; de reproche y de tolerancia a la vez. Chris Rock podría haber sido irónico, incisivo, incluso “políticamente incorrecto”, sin caer en la burla ni en la ofensa. Todavía podemos esperar un gesto de genuino arrepentimiento, que por lo menos muestre al mundo a dos hombres capaces de avergonzarse de sus propios errores. Una disculpa recíproca y un apretón de manos tal vez nos podrían aportar un ejemplo inspirador.

Por Luciano Román. Diario La Nación.