por Pierre Accoce Dr. Pierre Rentchnick
Chu En-lai

Mao Tse-tung

Acabar aislado del mundo y de su propio país, tal ha sido el destino de Mao Tsetung , cumplidos los ochenta y tres años en 1976. Potentado reinando sobre varios centenares de millones de seres, yacía, encerrado en Pekín, en Chungnanhai, nueva ciudad prohibida. Ya no podía sobrevivir ni siquiera hablar, sin la ayuda de la joven enfermera que le cuidaba permanentemente. Una mujer diminuta, un perfecto robot. Estaba avezada a cuidar al Gran Timonel, a limpiar los desperfectos ocasionados por el estrago orgánico que le aquejaba. Leía ella lo que mandaban los ojos del dios vivo, cuando se abrían. Discernía sus intenciones en los ruidos y balbuceos que brotaban de sus labios demasiado reblandecidos para poder modular las palabras. Sin darse plenamente cuenta de ello, sirviendo de este modo a un poder formidable, ella detentaba forzosamente una parcela de la fantástica prepotencia, puesto que ella era la voz que todavía ponía en comunicación a los vivos con el Gran Comandante Supremo. Era ella quien traducía: «Tengo hambre, tengo sed, quisiera dormir». O bien: «Cuidado con esta camarilla que acecha el trono, liquidad a ese revisionista, a ese contrarrevolucionario». Se la obedecía al pie de la letra, porque así se obedecía a Mao. Le traían los alimentos que ella deslizaba en la boca del Gran Educador. Se hacía el silencio cuando ella lo pedía, para que él descansara. Se destituía y también se enviaba a una granja de reeducación a aquellos cuyos nombres ella repetía. Habría podido deportar por su propia iniciativa.

El confinamiento de Mao se remontaba a junio de 1976. Un comunicado, leído a los periodistas del mundo entero presentes en Pekín, por el portavoz del Gobierno chino, lo ha sellado: «El Presidente es de edad muy avanzada y está muy ocupado por su trabajo. El Comité Central de nuestro Partido ha decidido no organizar más encuentros entre el Presidente y los distinguidos huéspedes extranjeros».

Apenas difundida, la noticia provocó un gran eco. ¿Era una decisión adoptada por el aparato político en Pekín, o bien el deseo del propio Mao? Unica información comprobada: la brevedad y la insignificancia de las últimas audiencias concedidas por el Gran Jefe, hasta mayo, habían demostrado que estas recepciones ya no servían más a China. Postrado tanto por la enfermedad como por los años, Mao no se expresaba más que con reminiscencias del pasado. Además, estas vanas entrevistas le cansaban mucho. De perseverar, hubiese sido preciso tener que elegir entre sus visitantes. Lo cual habría indudablemente ofendido a algunos susceptibles. Una complicación que para nada necesita China, teniendo en cuenta los tiempos que atraviesa. Porque se tambalea en 1976. Tanto en sus relaciones comerciales o políticas con el resto del mundo como en el interior, donde nacen cada vez más las apetencias de los eventuales sucesores.

A este propósito, los sinólogos coinciden en recordar que, ya en 1959, Mao Tse-tung se esfumó de este modo, renunciando a su puesto de Presidente, interrumpiendo, a la vez, sus relaciones con el extranjero. Esta evasión —explican— le había permitido entonces poder observar a los suyos, tender trampas a los que creyeron llegado el momento de apoderarse del poder. Volvió seguidamente a los mandos, eliminando a los intrigantes sin remisión. Esta estrategia del repliegue, un reflejo de campesino, ha caracterizado su propia ascensión y su omnipotencia. Es así como engañó a su viejo enemigo Chiang Kai-chek, a fin de lograr el éxito para su revolución, y a todos los que intentaron desviarle de sus propósitos. Mao nunca ha practicado el culto de la base, del cuartel general al que se aterran los malos políticos y los militares mediocres, en donde acaban siempre por verse acorralados para hacerse despedazar. Un guerrillero, sin apegos materiales. Esto justifica su Larga Marcha, la cabalgata insensata que desgastó sobre sus talones a sus adversarios. Esta vez, en la presente ocasión, no se enfrentaba ya a los hombres, sino a la vida. Y su táctica no ha servido. Este combate, sea cual haya sido su grandeza, lo ha perdido. Como el común de los mortales.

Los planeamientos ideológicos de Mao Tse-tung, gran lider de la Revolución China, surgieron de muchas horas de paciente reflexión
Su última purga política la aplicó en abril de 1976. En aquel mes, el extraordinario anciano liquidó a dos tendencias. La que ascendía con Teng Hsiao-ping, largo tiempo delfín de Chu En-lai. Y la que gravitaba en torno a su propia compañera, la temible señora Chiang Ching, veinte años menor que él, y por la que repudió a su segunda esposa. Invisible en la sombra de Mao durante veintiséis años, apareció en la cima de la política a partir de 1963, por orden del Gran Timonel que movilizaba a los aliados seguros, capaces de ayudarle a reencontrar la preeminencia. Es ella, cabeza de hierro y puño de acero, quien animó la Revolución Cultural. A su vez la engañó a ella, volviendo a dar el timón al verdadero fiel, al verdadero segundo, al hombre gestor del que tenía necesidad para regentar el país: el inevitable Chu En-lai, de nuevo amo del Gobierno y del Partido. Ligados tanto por la inteligencia como por la revolución que llevaron conjuntamente, Mao y Chu han constituido una pareja de poderosos, rara en la Historia.

Pero Chu En-lai ya no estaba en esta vida, desde enero de 1976. Con él, tres venerables chinos habían desaparecido en dieciocho meses: Tung Pi-wu, quien fue presidente interino de la República; Kang Sheng, miembro del Comité permanente del Politburo del Partido; Chú Teh, el campesino convertido en mariscal del Imperio del Cielo. En el anochecer de su vida, cada vez más estrechamente cercado por los jóvenes lobos, el genial Mao estuvo más solo que nunca.

Chu En-lai ha desempeñado un papel primordial en el Partido Comunista chino, durante más de cincuenta años, al lado de Mao Tse-tung. El mundo de la diplomacia contemporánea le tenía igualmente por uno de los grandes maestros, desde su aparición en Ginebra en 1954, con ocasión de las negociaciones internacionales referentes al destino de Indochina. Una aparición muy señalada. Llegó caminando calzado con pobres sandalias. Al avistar a John Foster Dulles, avanzó hacia él, con toda sencillez. «Era la primera vez —relata el embajador francés Etienne Manac’h— que un ministro chino se encontraba con un ministro americano desde 1949. El hombre de Pekín avanzaba, tendida la mano, hacia el hombre de Washington. Este último le ha vuelto bruscamente la espalday se ha apartado». Pese al ultraje, el chino conservó su porte de patricio.

Quienes lo han entrevistado le han calificado frecuentemente de moderado. Pero no cabe engañarse. Su elegancia soberana, sus risas tan juveniles, el placer que aportaba en la lid de las ideas, la afición por los ágapes bien rociados donde las palabras se redondean como guijarros y ya no hieren, escondían un carácter enérgico. Afable por fuera, berroqueño por dentro, Chu En-lai adquirió esta urbanidad de la experiencia. Una revolución no se forja solamente cortando por lo sano, mediante la fuerza bruta. Se impone asimismo, aterciopelada, pero inexorable, sobre el tapete de las negociaciones. La habilidad del alter ego de Mao en este terreno hizo maravillas. Constructor en el surco del poeta guerrero, nunca hizo trampa, especifica su leyenda. Es posible. Sin embargo, tampoco ha jugado nunca sin tener los cuatro ases en su mano. A la inversa de las máquinas «bulldozer», aplastaba y derribaba mediante la suavidad.

El hombre del poder forja su propio registro, escoge su tono en su juventud, dicen los psicohistoriadores. Al contrario de sus camaradas en rebelión, casi todos salidos de la gleba y de hogares míseros, Chu En-lai ha nacido en buena cuna, en 1898, en Huaiyin, en el Kiang-s¡. En el seno de unafamiliade hidalgüelos. Unos pequeños feudales, al servicio de los señores provinciales, lejos por consiguiente del crisol donde se cocía a fuego lento el absolutismo del Celeste Imperio. A los diez años de edad, dos hechos han liberado a Chu: la muerte de su madre y el poco caso que hacía de él~su padre, un tipo mediocre, obnubilado por la carrera tras la míseras sinecuras. Abandonando un universo en el que ya se sentía como ahogado, fue a pedir asilo a casa de su cuarto tío, comisario de Policía en Mukden, Manchuria.

La protección y el afecto no le fueron escatimados. Analfabeta e irascible, poco propensa a amar, su tía le había adoptado sin la menor protesta. Y él supo pagarle con cariño, sin por ello olvidar el recuerdo de su verdadera madre. En 1946, a los cuarenta y ocho años, con ocasión de una ceremonia oficial, hablará de ella, con emoción: «Hace treinta y ochos años que no he vuelto a ver la vieja morada de mi infancia. Los álamos plantados ante la tumba de mi madre hoy deben ser muy grandes».

El blusón tradicional de Chu En-lai parece ajustarse a su cuerpo casi tan bien como el traje occidental del presidente Nixon.
Sin embargo, pronto se opuso a sus padres adoptivos, porque le enviaron a una escuela primaria, regentada por misioneros. Haciendo caso omiso de lo que ellos quisieron imponerle, se inscribió en la academia «Nankai», famosa por su enseñanza no conformista y antitradicionalista. Sufragándose personalmente sus necesidades, trabajaba como secretario para el director del colegio. A sus quince años apenas cumplidos, mostraba dones indiscutibles de cabecilla y establecía las bases de una asociación de estudiantes. Incluso editaba un periódico, en el cual analizaba la situación política de China, tras la instauración de la República por Sun Yat-sen. ¿Es la ausencia de un real «superego» la que le liberaba tan precozmente a este grado elevado? ¿Qué necesidad le impulsaba a dirigir un medio social que le fue desfavorable? ¿Se identificaba con su madre adoptiva, hasta el punto de vestir ropas femeninas en un conjunto teatral de aficionados, lo cual fue considerado como una degradación, casi una depravación, por los suyos? Kai-Yu Hsu, su biógrafo, no parece haberse planteado estas preguntas. En cambio, ha puesto de relieve la clara afición al alcohol, manifestada pronto por Chu En-lai.

A partir de 1917 los ecos del triunfo de la Revolución Soviética en Rusia penetran en China. Y desencadenan una resonancia inmediata. Chu En-lai ingresa en seguida en el marxismo, como otros en religión. Pone a prueba sus talentos de organizador agrupando a los estudiantes, en nombre de la filosofía materialista. Encarcelado durante algunos meses y liberado en 1920, parte a Francia para aleccionarse allí en las ciencias políticas. Iniciado en París en el movimiento obrero, a partir de su regreso a China se dedica de lleno a la acción militante en el seno del joven Partido Comunista asiático. Su primer viaje a Moscú, en 1928, tiene todo el aspecto de la consagración. Le han invitado al VI Congreso Nacional del Partido Comunista soviético, y se le nombra miembro activo del comité ejecutivo del Komintern, la Internacional comunista: su reputación había franqueado ya las fronteras. Sus relaciones con Mao-Tse-tung por aquella época no son cómodas, ya que los rusos solamente deseaban tratar con él. La historia de aquellos tiempos, en China, abunda en luchas intestinas, en eliminaciones sucesivas. Pronto, se aclara la confusión, ya no quedan más que dos clanes hostiles: el de Chiang Kai-chek, a la cabeza de los militares burgueses y nacionalistas, y el de Mao, al que siguen los campesinos; Chu En-lai es, de ahora en adelante, su brazo derecho.

«Es el término de simbiosis el que define mejor, sin duda, las relaciones de los dos hombres —explicó el sinólogo americano Edgar Snow—.

Muy diferentes, tanto por su personalidad como por sus métodos de trabajo, han llegado, tras treinta y siete años de confianza y de dependencia recíprocas, a complementarse exactamente: Chu, nieto de mandarín, descendiente reconocido de una casta feudal, que pasó veinte años de su vida luchando codo a codo con los campesinos; Mao, intelectual de raíz campesina, genio que posee del pueblo un conocimiento profundo, guiado por la intuición, nutrido por la experiencia, ante la cual Chu se inclina.

»Mao es un iniciador, el creador de una estrategia sutil que hace alternar los efectos de sorpresa, los momentos de tensión y de relajamiento, arte en el que demuestra ser maestro. Los largos períodos de estabilidad le inspiran desconfianza, y el cambio nunca se opera bastante rápido, en su opinión; finalmente, tiene sentido político y está dotado de una gran paciencia: sabe llegar a sus fines por etapas pequeñas. Chu gusta de vigilar la ejecución detallada de un plan —cosa que Mao detesta— y le encantan los problemas cuando presentan mayor dificultad. Mao va directo a lo esencial, rechaza lo quimérico, disimula si es preciso. Es cuando el movimiento pendular de la revolución se aproxima a la posición de equilibrio cuando da lo mejor de sí mismo».

Lo ha conseguido en 1937, en el momento de la invasión de China por los japoneses; para hacerle frente, no ha titubeado en pactar la alianza del Partido Comunista con Chiang Kai-chek. Ha reincidido en 1941, manteniendo esta alianza y curtiendo su Ejército Rojo ante los japoneses, con vistas a los futuros combates que sucederán a laSegunda Guerra Mundial. Una precaución juiciosa: a partir de 1945, Chiang Kai-chek se vuelve contra los comunistas, para intentar aplastarlos con la ayuda de los americanos. Pero, durante tres años, no encontrará más que el vacío ante sus tropas. Cuando Mao y Chu replican pasando al ataque, en 1949, se derrumbará y huirá a refugiarse en Formosa.

Los comunistas, vencedores, entrarán en Pekín en octubre de aquel año. Y es a Chu En-lai a quien Mao confiará la administración de la inmensa burocracia de la República Popular. A la vez ministro del Interior, diplomático en el extranjero, motor indesgastable de la nueva China, conquistará el Extremo Oriente, impondrá su presencia por todas partes en el mundo. Se encuentra su marca en la socialización de la agricultura, en el lanzamiento de las comunas populares, en la oposición a los intentos de negociaciones de la URSScon los Estados Unidos yla ruptura con el kruschevismo, en el encauzamiento de la gran Revolución Cultural proletaria y el reconocimiento de la China Comunista por los más grandes países de la Tierra. En 1972, a los setenta y cuatro años, Chu En-lai es una figura preeminente en el plano internacional. Igualmente, es un hombre aquien la enfermedad corroe, insidiosamente.

Hasta esta fecha, no ha padecido signo exterior alguno de dolencia. Incluso asombraba por su resistencia al cansancio. En el momento más agudo de la Revolución Cultural, cuando él cumplía los setenta años, tuvo dimes y diretes con los guardias rojos, unos energúmenos frenéticos, jóvenes y desencadenados. Durante cuarenta y ocho horas, sin un instante de reposo, les planteó cara. Fatigados, embrutecidos por la tenacidad de este luchador que no cedía ni una pulgada de terreno, se durmieron. Sus instigadores fueron así fácilmente detenidos. Sólo entonces Chu En-lai se concedió una pausa de descanso. Cinco horas más tarde, reemprendía su trabajo. Se cuenta igualmente que de las cuarenta y nueve horas de la primera estancia que Henry Kissinger efectuó en Pekín, que serían el preludio del reconocimiento de la China por los Estados Unidos, veinte fueron dedicadas a las entrevistas con Chu En-lai. Este hombre no se acostaba jamás antes de las cuatro o cinco de la madrugada.

Pero, en 1972, su organismo ha cedido. Un violento dolor torácico hace creer en un principio que se trata de un infarto. Sin embargo, el electrocardiograma es normal. El interrogatorio médico revela que Chu En-lai nota desde hace algunas semanas grandes dificultades en tragar lo que sea. Esta disfagia, como dicen los médicos, fue primero caprichosa e intermitente. Se ha convertido en permanente. Por otra parte, ha producido un adelgazamiento de varios kilos. Un examen radiográfico del esófago confirma la existencia de una «laguna». Este término caracteriza un tumor de perfil irregular, que sobresale al interior de la viscera. Con el fin de conocer su naturaleza, se le practica inmediatamente una biopsía.

El esófago es un segmento del tubo digestivo que une la faringe con el estómago. Un músculo hueco, de unos veinticinco centímetros de longitud aproximadamente, capaz de distenderse. Presenta algunas sinuosidades, cuatro estrechamientos, atraviesa el cuello, el tórax,el diafragma, penetra en el abdomen y se abre en la bolsa estomacal. Estáconstituido portres túnicas, de las cuales la exterior solamente está compuesta de fibras musculares entrecruzadas, las cuales, al contraerse, aseguran el deslizamiento del bolo alimenticio.

Un tubo común, ¿no? No del todo. Impide normalmente la regurgitación de los alimentos, aun cuando el ser humano esté acostado. Además, su túnica interna, sometida toda la vida al contacto de las bebidas y de los alimentos ingeridos, no es una membrana sencilla. Formada por células superpuestas, alberga una multitud de pequeños núcleos, emparentados por su composición con los ganglios linfáticos. Por consiguiente , es un tejido vivo y vulnerable. Con frecuencia se incrustan en él pólipos o quistes. A veces es el cáncer el que se instala. Por lo general, sobreviene en los individuos de más de cincuenta años. Pese a los progresos de la medicina, el pronóstico sigue siendo so’mbrío. El examen del fragmento extraído a Chu En-lai demuestra que se trata, indudablemente, de un tumor maligno.

La sonrisa todavía juvenil de Mao contrasta con la calvicie ya notoria.
Este cáncer, un epitelioma malpighiano espinocelular —su nombre científico— tiene un reparto muy variable en el mundo. El doctor Guy Blaudin, jefe de servicio en el Centro Internacional de Investigaciones sobre el cáncer en Lyon, ha establecido que se propaga, en efecto, alrededor de la Tierra, en un cinturón de frecuencia elevada. Cinturón que parte del mar

Caspio, atraviesa el Asia Central de las Repúblicas Soviéticas, engloba Mongolia, se extiende por la Siberiaasiática y China. Algunas regiones del Africadel Sur, la Gran Bretaña y Normandía son afectadas, al igual que Irán.

Estudios epidemiológicos han puesto de manifiesto que las manzanas bretonas, la leche de las ovejas iranianas, el pan cocido al aire en los hornos especiales de los turcomanos, favorecerían la aparición de esta plaga. En la China del Norte, aunque sea oficialmente denegado, el alcohol de arroz sería el gran abastecedor. En determinadas regiones, nos ha explicado el doctor Woo, muy conocido en Europa, ochenta y siete habitantes sobre cien mil, quedan afectados. Cuatro sobre diez de los portadores de este tumor —añade— son grandes consumidores de alcohol. La relación con este cáncer del esófago sería igualmente debida a la ausencia de algunos elementos químicos naturales en las Tierras cultivables. Por último, en el Sur de China este cáncer se desarrolla en los pacientes en la parte superior del esófago, exactamente después de la zona posterior de la laringe. Los tratados médicos chinos lo señalan, tradicionalmente hasta el extremo de que resulta difícil asignar una fecha a la primera descripción. Esos chinos del Sur, cuya emigración cubre varios siglos, extendida recientemente hasta las Américas, no sólo han conservado un riesgo elevado de padecer este cáncer, sino que lo han transmitido a los pueblos con los cuales se han mezclado. Ahora bien, Chu En-lai nació en una de las provincias meridionales de las más afectadas por esta plaga. Ha pasado largas estancias en el Norte. Además, su capacidad de absorción de alcohol era notoria. Por todas estas razones, resultó ser un blanco privilegiado. El tumor, situado en el tercio superior de su esófago, no será fácil de tratar a causade su localización.

En el Hospital Central de Pekín, que dirige el doctor Woo, los médicos han advertido a Chu En-lai de los peligros que corre, de las dificultades que tendrán que afrontar para cuidarle. Su caso no justifica todavía una intervención quirúrgica. Lo atacarán con medicamentos. Pero deberá escatimar los esfuerzos, ya que el organismo pagará estos ataques.

Durante dos años, la estrategia adoptada por el equipo médico del doctor Woo opone barreras correctas al mal. El Primer Ministro no ha cambiado nadaen sus ritmos de trabajo; ha modificado simplemente su alimentación. Nadie sospecha los sufrimientos que soporta. Su adelgazamiento, su tez terrosa se atribuyen al envejecimiento.

En 1974, su estado empeora de repente y se impone la hospitalización. Para controlar el agravamiento, los médicos han decidió recurrir a la radioterapia, con el único betatrón que posee China. Chu En-lai trabajará y se cuidará en la proximidad de este acelerador de partículas, cuya irradiación, empleada para destruir las células cancerosas, le mantiene todavía con vida.

Aparece por última vez en público el 30 de septiembre de 1974, en el Palacio de los Congresos, con ocasión del vigésimo quinto aniversario de la Fiesta Nacional. Un inmenso banquete reúnea cuatro mil quinientos comensales. En el pasado, él adoraba esos festines. Esta vez, el banquete será más corto. Poco después de su discurso que ha precedido la apertura de los ágapes, ha ¡do, según la costumbre, a brindar con las personalidades en la mesa de honor, pero se ha contentado con llevar su vaso a la altura de los labios, sin beber. El embajador Etienne Manac~h, su invitado, lo ha notado entonces muy ajeno al alborozo que reinaba. En su mirada, ha creído vislumbrar mucha tristeza.

Una melancolía muy comprensible. Chu En-lai se sabe, en efecto, condenado. Debería renunciar. En el puesto de responsable, un hombre cuyos días están contados no desempeña ya una buena tarea. «¡La fuerza del alma, el altruismo existen!», alegarán algunos. Estos factores explican, tal vez, el estado de santidad. Ahora bien, los hombres de Estado no son santos. Correctamente asumido, el ejercicio del poder implica ante todo, que los poderosos no sean vulnerables.

Chu En-lai se aferrará al mando, mucho más allá de los límites de lo razonable. Sin duda porque Mao Tse-tung, también se encuentra muy decaído, no medía los riesgos que su Primer Ministro impondría aChina. Entre dos sesiones de betatrón, continúa recibiendo a numerosos visitantes extranjeros en su habitación del hospital. Y esto hasta el 7 de septiembre de 1975. Aquel día, se trata de una delegación del Partido Comunista rumano. Dos días después, juzgando que el tumor se inflama demasiado, que escapa a sus cuidados, los médicos se resuelven a efectuar lo irremediable: la intervención quirúrgica, que acarreará como complicación una difusión fulminante de las metástasis, aunque el betatrón siga empleándose como tratamiento complementario. Las primeras metástasis alcanzarán el hígado. De fuente segura se sabe que, en noviembre, Chu En-lai ha visto todavía a diario a su secretario, que ha desarrollado sus actividades principales, no habiendo abandonado más que los asuntos corrientes a su gobierno. Ninguna decisión importante referente al porvenir del país ha podido ser tomada contra su opinión ni sin que haya sido consultado. Se hallarán todavía inconscientes que admirarán semejante obstinación. Pero ¿qué puede valer el juicio de un hombre alimentado por sonda gástrica, intubado para que pueda respirar, sometido a continuas perfusiones porque su hígado hipofuncionante envenena lentamente su cerebro? Este último combate se prolongará hasta el jueves 8 de enero de 1976. Aquella mañana, una hemorragia masiva termina con Chu En-lai. Sus restos serán incinerados.

Han pasado muchos años, pero las facciones y el gesto de Mao conservan la imagen del líder carismático.
La pequeña niñera quien ha cuidado con aplicación al infantil izado Mao, no ha hecho ningún comentario indicando que la muerte de Chu En-lai haya emocionado al Gran Timonel. También es verdad que la muerte era una vieja compañera para este octogenario. Sus hermanos murieron por la causa revolucionaria. Su primera esposa pereció ejecutada por los nacionalistas chinos en 1930. El hijo que ella le dio cayó en la guerra de Corea. Durante la Larga Marcha, las balas, el hambre, la enfermedad segaban a sus fieles por decenas de millares sobre sus talones. Un día, su escolta se abatió a su lado, alcanzado por un proyectil en la frente. En otra ocasión, se encontró salpicado por la sangre de un compañero. Lo anormal, con todo lo que ha sufrido, los peligros que ha rozado, es que haya vivido hasta septiembre de 1976.

Pocos hombres en la Historia de China, como por otra parte en la Historia del mundo, han salido de un medio rural oscuro para realizar, como lo hizo él, una serie de hazañas tan grandes: lanzar y conseguir una revolución, escribir la crónica de ella, establecer la estrategia victoriosa. Su doctrina ha tomado la forma de un pensamiento, de una filosofía. Millones de hombres, gracias a él, comen adecuadamente, tienen buena salud, se visten convenientemente. Dentro de la uniformidad, es cierto, ya que es muy difícil, ante las legiones con dril azul, saber si son obreros, campesinos o intelectuales.

Esta nivelación por la base, insoportable para muchos, garantiza la supervivencia de este régimen, un infierno de virtud.

Durante toda su vida a Mao lo acompañó una expresión placentera, a veces francamente sonriente.
No se encuentran muchos analfabetos en el Celeste Imperio, salvo entre los ancianos. Veinte años de repoblación forestal han vuelto a moldear el paisaje. La comuna en los pueblos y el comité de barrio en las ciudades cuidan de los niños, luchan contra la polución, controlan la productividad, aseguran a todos la mínima comodidad, la higiene y el aprovisionamiento. La medicina es gratuita, el impuesto sobre los ingresos ya no existe, los precios permanecen estables, el dinero carece ya de valor venal. Sobre el planeta, más que nunca, China constituye un universo cerrado, hermético a lo que palpita, vive o se trama fuera de sus fronteras. Porque la elección de lecturas y de información queda restringida a las obras de Mao.

Muchos sinólogos se preguntan qué pasará ahora que el Conductor ya no existe. ¿Se perpetuará el sistema? ¿Estallará? ¿El deseo de abrirse a la sociedad de consumo se apoderará de las falanges puritanas que por ahora afectan rechazarla? El propio Mao ya se planteaba estos interrogantes. Temió que, después de él, su sociedad nueva se degenere, que se desvíe, que, en una palabra, se aburguese. Este es el motivo por el cual ha lanzado la Revolución Cultural, en 1966: el gran caos, el desorden en la calle y en los espíritus, otras tantas manifestaciones de la vida destinadas a agitar la tranquilidad anunciadora de decadencia en la cual sentía deslizarse su mundo. Quería de esta manera dar una réplica activista a la muerte simbólica. Con esta búsqueda de renacimiento, renovaba la vida comunista, reafirmaba la inmortalidad revolucionaria. Pero no se hacen impunemente juegos malabares con semejante dinamita. Los excesos, los polvos políticos de la madre Celestina de los guardias rojos han sacudido el régimen.

El Presidente chino ha dejado sus fuerzas en la reconquista tras las tormentas. Su desgaste había comenzado el año precedente, en 1965. Los indicios no escaparon al escritor André Malraux, con ocasión de la larga audiencia privada que le fue concedida:

«Desde el comienzo de la entrevista —informa—, Mao no ha hecho ningún otro gesto salvo llevarse el cigarrillo a los labios y volverlo a posar en el cenicero. En una inmovilidad general, no parece un enfermo, sino, un emperador de bronce. Levanta de repente los dos brazos hacia el cielo, los deja caer de golpe...

»Mao hace un ademán cansado y, agarrándose con ambas manos al sillón, se levanta. Es el más erguido de todos nosotros: monolítico. Con la enfermera tras él, camina paso tras paso, rígido como si no doblase las piernas, más emperador de bronce que nunca».

Sigue otra observación de la misma índole:

«Mao no está fulminado: tiene el equilibrio mal asegurado de la estatua del Comendador, y camina como una figura .legendaria que ha vuelto de alguna tumba imperial».

Tal como lo hizo el novelista por aquella época, pero sin este talento en el arte discreto de suscitar preguntas sin aparentarlo, el mundo ha especulado durante diez años sobre la salud del Gran Timonel. Lo dieron pot muerto varias veces. Algunos han hablado también de crisis cardíaca a su propósito, sobre todo de hemiplejía. Otros han dejado entender que el profesor Walter Birkmayer, eminente especialista austríaco en la enfermedad de Parkinson, hubiese acudido en consulta junto al Presidente chino, en Pekín. El comportamiento de Mao Tse-tung, con ocasión de sus escasas apariciones públicas, observado por los médicos, no ha confirmado, sin embargo, que alguno de estos males haya podido afectar al jefe del Estado. A fines de 1972, mientras visitábamos su capital con tres colegas suizos, nuestros compañeros chinos nos hicieron comprender que Mao sufría en realidad de una forma especial de senilidad.

¿Un hombre envejecido? Bajo el enigma, ¿no se trataba más que de esto? Un fenómeno simple, en efecto. En resumidas cuentas, tan natural como otra enfermedad cualquiera. Porque la decrepitud, mal que les pese a los psicólogos improvisados que enmascaran sus estragos con expresiones anestesiantes como «tercera edad», incluso «cuarta edad», significa una dura prueba para el organismo. Es más irremediable que una meningitis, la tuberculosis o la poliomielitis: nadie se repone de la decrepitud. Esta calamidad biológica que no respeta a ningún ser, puesto que mata siempre, no escoge las víctimas de un modo uniforme. Algunos envejecen bien. Otros se hunden prematuramente, se derrumban, como Mao.

Se acerca el final; la edad muestra en Mao sus tremendos estragos.
Envejecer bien equivale a marchitarse; acabar como una lámpara cuyo nivel de aceite baja. En la realidad orgánica, esto significa quetodas las secreciones hormonales disminuyen, que las funciones que ellas despertaban se perturban. Así desaparece el apetito y el sueño se hace de cristal. La digestión de las proteínas se degrada. Por esta carencia se desarrollan anemias. Las barreras inmunológicas se abaten y el menor virus, hasta entonces aniquilado, se transforma en asesino infalible. Debido a que la columna vertebral acaba por doblegarse por el peso de los años, que los cartílagos de las costillas se osifican y que los músculos del tórax pierden parte de su fuerza, la capacidad respiratoria de los pulmones desciende también. Ahora bien, la cianosis que impide la debida oxigenación de los tejidos afecta a todo el organismo lentamente. El rendimiento de estos últimos decae. Y es todo el organismo el que se deteriora. ¿Un ejemplo? El corazón se modifica, su volumen y su peso aumentan; su adaptación al esfuerzo se debilita. Nada detiene ya esta lenta consunción. Ni la jalea real de las abejas ni el .colágeno en polvo o en pastillas ni el calcio que se depositaría peligrosamente sobre los tabiques de las arterias y en los riñones. De nada sirve tampoco recorrer los balnearios de moda, que venden la falsa juventud, los elíxires inoperantes.

Envejecer mal y demasiado pronto como Mao, es pagar las secuelas de una arteriosclerosis. A veces, engendra en el territorio cardíaco pequeños infartos, que pasan inadvertidos si no se efectúan electrocardiogramas sistemáticos de control, Se traducen en forma de diversos sufrimientos, ahogo, angustia e inquietud. Esta miocarditis senil anuncia, por lo común, un infarto más grave, terminal. Las lesiones arteriales provocan también trastornos cerebrales, lo que le ha sucedido al Presidente chino.

Se convierten en señales de alarma, reveladoras de una posible trombosis masiva en vía de constitución.

Mao, en efecto, ha sentido las primeras molestias nacidas de estas obstrucciones de las pequeñas arterias cerebrales por coágulos, en 1965, a los setenta y dos años. Su parálisis seudobulbar se reflejó primeramente por esta forma rígida de andar que tanto impresionó a André Malraux. Winston Churchill, afectado del mismo trastorno, se desplazaba de esta manera cuando vino a recibir la Cruz de la Liberación en París.

Pero Mao ha presentado poco después otros trastornos: reblandecimiento cerebral, que se origina por estas perturbaciones de la irrigación del cerebro. Pequeños ictus diseminados, sin una clara sistematización. Cuando un trombo obstruye de este modo una arteriola, la zona del cerebro donde se ha producido el microinfarto se necrosa. En el lugar de las células necrosadas, subsiste un agujero microscópico. Esta destrucción, que evoca la alcachofa de una regadera en ciertas regiones cerebrales, perturba evidentemente las funciones y el comportamiento. La facies se petrifica, sin mímica. Los músculos que sostienen el mentón se distienden. Se instalan trastornos de la palabra y de la deglución. El humor se deteriora.

Al confiar la dirección de los asuntos a Chu En-lai, en los días siguientes a la Revolución Cultural, Mao se limitaba por entonces a recibir a los escasos visitantes oficiales de categoría, en Pekín. Pero no veían al Presidente más que en sus momentos de lucidez, es decir, cuando lograba dominar sus malestares: sólo algunas horas, irregularmente repartidas a lo largo de la jornada. Esto explica que sus invitados no supieran nunca exactamente por adelantado ni el lugar ni el instante previstos para la entrevista: según el estado de Mao, sus médicos desempeñaban el papel deguardaagujas.

Che En-lai: los rasgos seniles y la gran pérdida de peso muestran la enfermedad subyacente.
Ocurría con frecuencia que aplazaran o anularan sencillamente laentrevista.

Con el transcurso de los años, este mal ha progresado en el jefe del Estado chino. Es la particularidad del reblandecimiento: no experimenta una regresión, sólo puede extenderse. De este modo, la memoria se debí lita y se borra. Los primeros en difuminarse son los hechos recientes. Acto seguido, la amnesia alcanza a los recuerdos de juventud. Esta herrumbre que paraliza el pensamiento acarrea una desorientación en el tiempo y en el espacio. El universo de Mao fue reduciéndose de esta manera. Sus actividades intelectuales se han aminorado, en contracción incesante. Su juicio y sus capacidades de atención se han relajado. Una evolución progresiva, pero radical. Se debe a la degeneración, a la atrofia de las células nerviosas y sus ramificaciones. Precede a las perturbaciones del lenguaje, que se reduce a algunas fórmulas ya hechas, que no permite ya expresar los sentimientos. Sigue la senilidad, caracterizada por la pérdida del control de los esfínteres y la demencia senil, última fase de la regresión. La medicina no conoce ningún tratamiento contra estos achaques. No puede más que aplicar cuidados poco eficaces en los sujetos afectados, que dependen por entero de quienes les rodean.

Semejante forma de senilidad está probablemente inscrita en la programación genética del individuo; un triste final, previsto desde la concepción.

La degradación ha sido medida en Mao Tse-tung por los medios diplomáticos en Pekín. En ellos se ha informado sobre los ecos de determinadas visitas muy penosas de hombres de Estado extranjeros, con motivo de la ausencia total del interés que Mao demostró en la entrevista. Por ejemplo, sólo intercambió algunas palabras con el Presidente francés Georges Pompidou; únicamente hablaba el intérprete. Los diplomáticos occidentales observaron igualmente que el Presidente chino aparecía cada vez menos en las ceremonias oficiales, en las cuales acabó por no participar más. Tampoco escribió nada a partir de 1970. El poeta, en él, ya estaba muerto por entonces. Proyectándose solamente en su pasado, se atascó en la memoria de los días lejanos. Cuando, por ráfagas, un pensamiento perforaba el capullo de seda en que estaba inmerso, entonces peroraba con fogocidad, vuelto al tiempo lejano de las disensiones que precedieron al nacimiento de su China.

En abril de 1976, el dictador de los años 50 se ha reanimado de repente, roto el caparazón del anciano inexpresivo, átono. La muerte de Chu En-lai había precipitado, bien es verdad, la lucha por el poder, y los rumores de las querellas y discusiones habían despertado a Mao. Con ello cabe deducir lo ruidosos que fueron.

Con Teng Hsiao-ping, a quien Chu había elegido como heredero porque le consideraba el mejor administrador del país, los bonzos tecnócratas levantaban el estandarte del modernismo. Hablaban de industrialización, de alcanzar el nivel de las naciones occidentales antes de finalizar el siglo. Los obreros les seguían, al igual que los estudiantes, amargados por saberse destinados a rascar largo tiempo la tierra en provincias lejanas, en medio de campesinos hostiles por adelantado, una iniciación supuestamente capacitada para cimentar su ideal revolucionario. Frente a este bloque se hallaban los izquierdistas, ganados al pabellón de la señoraChiang Ching, la compañera del Presidente. Ya soñaba ella, por su parte, en los tiempos paroxísticos de la Revolución Cultural, con suceder a Mao, a la cabeza de las hordas nuevas de guardias rojos, con los cuales ella suplantaría a los «desviacionistas de derechas».

Pero no se dicta su testamento a un dios vivo, ni siquiera cuando se extingue lentamente.

Mao ha intervenido, tajante, entregando el poder momentáneamente, y bajo su férula, a Hua Kuo-feng, de cincuenta y seis años, ministro de Seguridad desde 1973. Un funcionario sin vínculos con las dos camarillas.

Ha intervenido, pero no ha convencido. Una borrasca de violencia ha quemado el pavimento en Pekín, el 4de abril de 1976, con ocasión de la fiesta de los Muertos dedicada a la memoria de Chu En-lai. Confirma las señales de inestabilidad que agitan a China desde hace dos años. La reclusión definitiva de Mao Tse-tung, mes y medio más tarde, no ha calmado los espíritus. El Conductor ha muerto el 9 de septiembre de 1976. Ha entrado, a su vez, en esos campos de eterno reposo donde yacen aquellos a los que apartó de su camino ondulante, a veces sangriento. Para los chinos, pueblo inmenso, asciende la hora de las tentaciones.

Para el mundo entero, de rechazo, asciende la hora de los estremecimientos.