Palabras pronunciadas por el Dr. Ignacio Maldonado Allende.

"Breves van a ser mis palabras, pero sí puedo aseguraros que lo serán en plenitud de sinceridad y reconocimiento.
Hay una pentalogía, que pudiera extenderse ciertamente, de componentes básicos para que en la vida se alcancen éxitos a la vez que legítimas satisfacciones y que en nuestra profesión resultan fundamentales. Dicha pentalogía está representada por las siguientes condiciones: vocación, conducta, entusiasmo, capacidad de trabajo y espíritu de investigación a la vez que formación de discípulos.
* Puede considerarse a la vocación como un estado permanente, intelectivo-afectivo, con el cual a veces se nace, otras se lo va adquiriendo desde la infancia o juventud, o se lo alcanza con los años, gracias al cual el individuo se dedica con tesón, eficiencia y placer a determinadas actividades. Pienso que mi vocación médica y la docencia fueron siempre auténticas a la vez que un estímulo y un guardián.
* Conducta. Gracias a Dios —y esta expresión es profundamente sincera pues siempre se la he implorado— pienso que puedo contar con ella, sin olvidar los avatares de las humanas debilidades, frente a las cuales todos estamos expuestos. En largos años de dialogar, interrogar y proceder al meticuloso estudio de cuerpos y almas sufrientes, como quizá sólo puede hacerlo el internista, la ortodoxia de la conducta es "conditio sine quanom" para el buen desempeño en tan delicada misión.
* El entusiasmo, que proviene de una voz griega: 'arrobamiento, éxtasis', tan básico como lo es para alcanzar el éxito en cualquier empresa, a punto de que la senectud puede decirse que empieza cuando declina o anula el entusiasmo. Creo haber contado con él en toda mi trayectoria hasta el presente, no obstante los problemas y contrastes que acarrea la vida del mundo actual.
* El trabajo, que es la bendición más segura de la tierra y como bien se ha dicho, frente al derecho a la vida está la sagrada obligación del trabajo. "Es mejor ser víctima del trabajo que un protegido del ocio", como lo expresó Eduardo Capdehourat. El trabajo es la primera y gran dignidad en una comunidad organizada. Pues bien, el trabajo me sigue acompañando, al igual que el espíritu de investigación, fundamentales condiciones para el ejercicio de la clínica, en la cual puede y debe hacerse ciencia de acuerdo al concepto aristotélico.
* La formación de discípulos, a la cual debemos brindarnos en la docencia como el objetivo primero y fundamental, creo haberlo logrado. Entre otras sentencias que procuré inculcarles, refiero sólo una, aquella de René Descartes: "El orden da libertad al pensamiento".
Todo ello aunque la vida del médico no epilogue cargada de gloria. "La gloria, decía Montaigne, no es ingrediente para la esencia de la cosa". Y ello, también, aunque vivamos angustiados por lo ignoto: "Cuánta más luz más misterio". El científico —y mucho de ello hay en modestos médicos generales debe recordar que él solo conoce las causas segundas de la naturaleza.
Y bien señores, a este conjunto de condiciones hay que agregar, como un imperativo, la capacidad y aptitudes de creatividad, que acreditan al Maestro. Alcanzar la dignidad de ser un Maestro implica poseer un conjunto de condiciones de la más alta jerarquía. Además del conocimiento, debe tener la generosidad de transmitirlo sin retaceos y de hacerlo con cariño. Debe inducir y orientar hacia la investigación seria y reposada en búsqueda de la verdad. Debe hacer —ya lo dijimos— un culto del trabajo y estimular a cumplirlo sin esperar la recompensa. Debe inculcar en el alma del discípulo el espíritu del personaje cervantino, del cual él debe estar imbuido. Debe saber reconocer y pregonar sus errores, brindándolos como un ejemplo de enseñanza para el discípulo. Debe solazarse con el éxito que éste alcance, enseñándole, a la par de ello, la verdadera modestia y los peligros e inelegancia que impiica caer en la embriaguez del triunfo. Debe procurar alcanzar la incorruptible honradez, siendo severo en la autocrítica, a la vez que benévolo y comprensivo en el juicio frente a los humanos errores de los otros. Debe inculcar repulsa ante el espíritu sectario y ante el odio, enemigos éstos del progreso y de la sana formación.
Pero ahí ya no puede ser valedero mi juicio, y me someto, reconocido a lo que me ha brindado vuestra excesivamente generosa resolución.
Guardaré este galardón, entre las cosas más preciadas que poseo.
Gracias amigos todos."
