El Dr. Roberto I. Tozzini continúa su ruta hacia el interior de Francia.
El palacio de VersallesDurante la primer estadía en París y aprovechando el autito, realizamos algunas excursiones casi obligadas en los alrededores. Elegimos a Versalles, por supuesto, al palacio de Fontainebleau y llegamos también a la ciudad cercana de Reims.
Versalles es la creación máxima de la realeza francesa en el momento de su mayor esplendor. Consta del palacio, los jardines y los Trianones. El “Chateau” fue iniciado por Luis XIII como albergue para sus cacerías. Pero fue el gran rey Luis XIV que, desde el comienzo de su gobierno en 1661, decidió construir allí un palacio representativo como residencia personal y de su Corte. Unos 50 años de trabajo demandó su construcción, aunque, posteriormente, se continuaron con diversas obras. Algunos datos estadísticos son válidos para dar idea cabal de la magnitud del emprendimiento.

Cuando Luis XIV se mudó al palacio con su corte, se incluía, según nos dice la historia, a 4000 servidores, unos 1000 lores o nobles y aproximadamente, 9000 soldados. Es decir, que la población estable de Versalles llegó a ser de 20.000 personas. Diseñado por Le Notre, Le Brun y otros arquitectos, Luis XVI y María Antonieta, fueron los últimos reyes en ocuparlo. La gran Revolución destruyó muchas piezas de arte y casi todo el mobiliario como expresión de su resentimiento y la enorme mansión entró en un período de decadencia y olvido. En el año 1837, ante la amenaza de su demolición, fue comprado por Louis Philippe para transformarlo en museo. Donaciones posteriores, entre ellas una importante de Rockefeller, fueron devolviendo al palacio su original esplendor. En 1917 se firmó en sus galerías, el Tratado de Versalles que ponía fin a la guerra del 1914.
Cuando lo visitamos su aspecto era realmente impresionante. Luego de estacionar el auto en la plaza de Armas admiramos desde el parque la extensa fachada, que mide ¡670 metros!



Para ingresar, se cruzaba un patio con mármoles blancos y negros y una fuente central y transpuesto la entrada, nos encontrábamos con una exposición histórica que narra los hechos de la Francia desde el siglo XIV hasta nuestros días. Estos vastos recintos están revestidos de materiales nobles, como el mármol, el bronce, el cobre y la plata, bellamente trabajados. Pinturas y esculturas de los principales artistas de la época adornan las paredes y rincones del palacio. Los techos, pintado en paneles, son deslumbrantes. En esta ala, se visita una exquisita capilla donde Luis XIV asistía a misa diaria. Luego, se cruza por una espectacular galería de espejos, de 70 metros de longitud, flanqueada a cada lado por los amplios salones de “la guerra” y “la paz” para llegar a los departamentos del Estado que incluía la Sala Hércules (así llamada por las pinturas en el techo) y las suites reales con magnífica decoración. En el enorme aposento del rey Luis XIV, decorado con elementos nobles de oro y plata con sus paredes recubiertas en terciopelo y excelentes cuadros que el mismo rey seleccionara, él atendía en su cámara los asuntos cotidianos y no protocolares, y allí permaneció hasta su muerte en 1715. La estancia de la reina muestra una bella cama con dosel, en la cual nacieron 19 hijos reales, muchos observados durante la parición por altos representantes de la realeza. María Antonieta empleó dicha estancia hasta 1789, en la que fue arrestada para ya no regresar.



Salas y más salas con cuadros en su mayoría de pintores franceses del siglo XVIII y en el Museo de Louis Philippe se atesoran casi 8000 pinturas. Al palacio se le agregó una bella capilla barroca en 1710 y un teatro- ópera en 1770 a raíz del casamiento del rey Luis XVI con María Antonieta, con capacidad para 1000 personas. Luego de horas de recorrido, salimos con placer a los jardines del palacio. Estos enormes jardines diseñados por Le Notre, desarrollados con perfecta simetría, con sus fuentes y canales en el medio y los setos de flores, plantas y árboles con estatuas y glorietas en ambos costados, destaca por la calidad de sus figuras, entre ellas, la llamada fuente de Apolo, aunque por cierto, las otras no le van a la zaga. El conjunto abarca una superficie de 800 hectáreas, donde hay lagos, grutas, bosques y belvederes. Da una idea de la riqueza y poder del rey de Francia que por ese entonces alcanzaba su cúspide. (Luis XIV decía que en sus tierras nunca se ponía el sol) En lugares apartados del jardín, se visitan los Trianones o pequeños chalets rodeados por el parque, para reuniones secretas del Rey con sus amantes o para gozar de un tiempo de sosiego. El “petit” Trianón se construyó por orden de Luis XV, para sus encuentros con madame du Barry y, posteriormente, fue ocupado por María Antonieta como lugar de retiro. En su momento, Napoleón se lo regaló a su hermana, la bella Paulina Borghese, luego inmortalizada en la magnífica obra de mármol de Canova, que admiramos en Roma.


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Reims
La visita a Reims fue más breve y descansada. Viaje rápido en auto para entrar en esta típica ciudad francesa al noreste de París. Del agradable caserío, solo retengo dos hechos puntuales; por un lado el champagne, que allí se servía en copas sueltas en los bares y el conocido Pommery se bebía popularmente casi como una cerveza y por otro, la magnífica Catedral, que había sido el motivo de la visita y bien valía el tiempo empleado. Bella iglesia de estilo gótico, con sus dos altas torres laterales y su enorme rosetón de vitraux en la fachada. Integrante de ese grupo selecto de palacios para Dios, levantados con esfuerza descomunal y gran artesanía alrededor y finales de la edad Media, que enriqueció de manera incomparable, el patrimonio cultural de Europa. Me pregunto cómo sería el continente sin esas expresiones máximas del arte religioso que en un esfuerzo titánico, levantaban los brazos de sus torres a las mayores alturas como una plegaria a Dios. Hoy, muchos siglos después, siguen asombrando y recogiendo en oración, tanto al habitante como al peregrino aunque con tristeza se las ve casi desiertas.
El palacio de Fontainebleau, nuestra última excursión, fue también un descansado paseo. Su edificación resultó el producto de dos grandes pasiones de los reyes de Francia: la caza y las mujeres (el orden es fortuito). La mansión comenzó como un pabellón de caza y así se mantuvo entre los siglos XII al XV. Luego, Enrique II inició las grandes obras para alojar allí a Diana de Poitiers, su amante, que después se trasladó a Chenenceau, su castillo preferido del Loire.

Más tarde, Enrique IV, amplió el palacio para Gabriela d´Esteès. El grupo de artistas convocados para las decoraciones fue tan renombrado, que dio en llamarse la Escuela de Fontainebleau, al principio con fuerte influencia italiana, pero al poco tiempo desarrolló un típico gusto francés en la arquitectura y decoración. La pintura floreció con la decoración del palacio, desarrollándose con Corot y Coubert un impresionismo “realista” (al que adhirió Cailebotte en Paris) y mas tarde, una legión de ellos, se trasladaron a la pastoril zona de Barbizón, cecana al Palacio, para dedicarse a pintar aspectos de la vida rural con cierto contenido social. Así surgió “la Escuela de Barbizón” donde actuaron pintores de la talla de Millet y Rosseau.
Luego de la Revolución, el palacio fue ocupado con frecuencia por Napoleón, quien lo prefirió a Versalles ya que allí se respiraban glorias que no eran las suyas. En Fontainebleau, el gran Corso firmó su abdicación en 1814.
El palacio muestra dos amplísimos ambientes, ricamente trabajados, que son la sala de baile y la galería de Francisco I. También pueden visitarse los apartamentos de Napoleón y la reina Josefina. Como es habitual, el edificio se halla rodeado por un bello parque y una densa arboleda que se ha conservado hasta nuestros días. La ambientación es de la fresca y alegre campiña francesa por lo que regresamos muy satisfechos con la excursión.





Y así concluían casi dos semanas de intensas recorridas diurnas y nocturnas, donde la sorpresa y la admiración fueron la constante en nuestra primera estadía parisina. Ver París fue como hacer realidad un sueño elaborado desde nuestra adolescencia, con la particularidad que los hechos superaron en mucho las expectativas creadas. Ahora que partíamos, el adiós resultaba insoportable y nuestro pensamiento se ocupaba en programar cuando lo volveríamos a ver. Afortunadamente, para nuestro solaz, acompañamos sucesivamente a dos de nuestras nietas para mostrarles esos impresionantes ambientes, sus bellos jardines, su arboleda y sus espejos de agua.



En otro de los viajes, paramos en una localidad sobre el río Marne a pocos kms de París con el objeto de permitir a una de nuestras nietas, disfrutar de un enorme parque temático que se levantaba en la vecindad el Disney francés, muy completo por cierto, pero irritativo para el orgullo francés. No obstante, casi desde la misma puerta del parque el gran subte nos transportaba en 20- 30 minutos al centro mismo de la ciudad. Solo que en el trayecto, se desnudaban barrios degradados y sórdidos con habitantes que al subir al metro, mostraban su origen extranjero, predominantemente árabe. Las tantas caras de un mundo fascinante.
